LOS MILITARES SIN FRONTERAS DE BIG BOSS

A estas alturas poco importa el bando en el que lucharon, pues no hubo vencedores en los combates que libraron al morir, porque en cualquier guerra los muertos son siempre los vencidos.

Y sobre sus huesos indiferentes pasan ahora carreteras, crecen campos, ciudades, y languidecen viejos cementerios de una tierra egoista, desmemoriada e ingrata.

De todos ellos quizá sean los “Militaires Sans Frontières” (MSF) los que más me conmueven, entre otras, porque son los que más sufrieron.

Pelearon durante años por sus ideas o porque no les quedaba más remedio y luego, derrotados y exhaustos, cojeando de sus heridas, temblando bajo mantas raídas y en ocasiones llevando consigo a sus seres más queridos, se internaron en otras guerras con la moral bien alta.

Pasaron miseria y construyeron edificaciones en algún lugar del mar Caribe, y luego el mundo entero pareció enloquecer, y se encontraron fugitivos, entre dos fuegos, sin otra salida que echar mano a los fusiles que otros soldados dejaban caer en retirada para vender cara su piel.

Lucharon como buenamente pudieron, y algunos fueron detenidos, entregados al bando enemigo por sus mismos compatriotas, para morir en el completo anonimato; pero una pequeña parte aún quedaron en pie para contarlo y fundar, con el paso de los años, la nación-fortaleza de Outer Heaven.

Sin embargo, no hay nada glorioso en la guerra.

Sólo dolor, sangre y muerte.

Los monumentos, los homenajes, las banderas y las fanfarrias las barajan con frecuencia aquellos hijos de puta que nunca estuvieron en un agujero lleno de barro, con el miedo en los ojos y la boca seca, ni jamás tuvieron que salir de allí para correr ladera arriba en nombre de vaya usted a saber qué, con la metralla zumbando por todas partes, cuando no te importan ni el lugar de donde vienes ni al que te diriges, y sólo ansías correr hasta que todo termine de una maldita vez.

Pero, incluso sabiendo todos los pormenores, cuando me enfrento a un nuevo juego de la serie Metal Gear Solid y encuentro aquellos soldados morenos, mal afeitados, que te miran desde la distancia infranqueable del entorno virtual, no puedo evitar un estremecimiento, y que me venga a la boca una sonrisa agridulce, quizá tierna.

Una sonrisa instintiva, de orgullo solidario.

A fin de cuentas hemos compartido no pocos momentos juntos, y no se dejaron degollar por ahí fuera como borregos.

Estaban solos, abandonados, fugitivos y nadie apostaba por ellos; en tanto el resto del mundo y sus países de origen miraban hacia otro lado.

Ya no tenían ningún sitio adonde ir, así que se quedaron en pie y pelearon hasta su último aliento.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.