LOS RECUERDOS DE UN VIEJO SOLDADO

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Llevo mucho tiempo sin querer saber nada del asunto.

Me refiero a la Misión Virtuosa y todo aquello.

Cada vez que en la tele aparece alguna noticia relacionada con los incidentes de Colombia, el Caribe o Costa Rica, cambio de canal y me largo.

Eso incluye a muchos amigos de entonces, como el Coronel Roy Campbell, con el que procuro evitar los intercambios de recuerdos.

Lo mismo ocurre cuando me dispongo a dar una charla ante mis hombres: el término “Snake Eater” resulta incompatible con mi ecuanimidad.

Todavía se me dispara la memoria, y la mala leche, cuando una de aquellas viejas imágenes se cruza en mi camino.

Me quedo luego sombrío, callado, mirando alrededor con rencor y una especie de angustia desesperada, casi agresiva.

No exagero.

La cosa llega al extremo de escuchar una lengua que me recuerde a aquellos días, aunque sólo sea de lejos, me hace ponerme tenso, nubla mi ojo y mi razón.

Me enfurece.

Arrastra recuerdos siniestros, controles bajo la luvia, cruel brutalidad, fosas comunes, camaradas degollados en campos yermos, gentuza con Kalashnikov y psicópatas impunes.

Materializa fantasmas que deseo olvidar, y con ellos la desesperación de entonces, la amargura impotente, las ganas, que conservo, no de lamentarme, sino de hacer daño y matar, de buscar venganza.

No por mí, que sigo vivo y coleando, sino por aquellos a los que nadie vengó.

Por los muertos de un tiro en la nuca, por los camaradas fugitivos y asesinados en bosques, por las mujeres violadas como animales por soldados borrachos.

Con toda esa farsa política, esos juicios con cuentagotas, tan equidistantes, calculados y protocolarios que no me calman en absoluto.

Desprecio esa justicia.

A decir verdad, desprecio todas las justicias que llegan tarde, como suelen, y con la puntita nada más.

Volgin, que ya está criando malvas, por citar sólo algún caso conocido, no es sino una infinitesimal parte del tinglado.

A fin de cuentas, quienes metían las manos en la sangre, hasta los codos, éramos siempre los mismos.

Era la simple y sucia condición humana.

Hoy escribo esta mal llamada carta para maldecir a Kazuhira Miller, pues el otro día me envió un recorte de prensa que yo no tenía la menor intención de leer.

Cuando vi el titular, lo arrojé a la papelera; pero al rato no pude evitar echarle un vistazo.

Al cabo me puse a leer, envuelto en la vieja nube negra que siempre creo haber dejado atrás, pero que cada vez regresa con más fuerza.

Y bueno, ningún bien me hizo encarar otra vez la abyecta cobardía en los campos de batalla, ni reconocer a unos pocos prisionaeros brutalmente asesinados, ni la torpe indecisión de los gobernantes en mi tierra natal, ni esa sonrisa injustificada y cobarde del presunto negociador, al que toda mi vida recordaré lavándose las manos en los telediarios o dándose besitos con los autores de la matanza, mientras quienes estábamos allí contábamos los muertos cada día.

Lo peor del asunto es que ni siquiera teclear estas líneas me deshaoga.

Por eso digo que maldigo aquel periódico y a quien me lo mandó.

Me ha hecho recordar una vida pasada, no demasiado distante, día tras día, año tras año, mientras caían las bombas, se mataba y violaba ante los ojos de Estados Unidos, tan miserable como de costumbre, hasta que otras naciones decidieron, por fin, dar un puñetazo sobre la mesa.

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