LOS SOLDADOS DE OUTER HEAVEN

Metal Gear Big Boss Pixel Art

Hace escasos días concluía mi artículo hablándoles de cómo valorar un juego (retro), y lamentando que no pocas compañías de probado prestigio se hayan consagrado a la burda causa del plagio, entre otras canalladas, dilapidando así la originalidad que antaño les daba consistencia.

A fin de cuentas, uno aprendio a jugar con venerables ediciones de Mario, Sonic, Legend of Zelda, Castlevania y Metal Gear, entre tantos otros.

Y aquella afición, que pronto derivó en una sana pasión, ya figuraba allí rigurosamente pixelada.

Pero como algunos, a fin de cuentas, somos la media docena de títulos que disfrutamos en nuestra juventud, mi afición, sea del género que sea, lleva una bandana en la frente, a imagen y semejanza del legendario Big Boss.

Así que, retomando el tema de la longeva saga gestada en el seno de Konami, conviene recordar que durante los últimos tiempos ha resultado frecuente oponer el heroísmo a los más nobles ideales, como reacción a ese ambiente de postrimetría que han propiciado entre los unos y los otros.

Y eso supone una simplificación peligrosa, porque hay un heroísmo artificial y otro más profundo, más digno de estudio, y que puede simbolizarse por un simple gesto.

No en vano, en Outer Heaven, tal como escribió Américo Castro, nunca hubo pensamiento, sino creencias.

Desde sus orígenes sus guerrilleros no edificaron su espacio de convivencia sentándose a meditar, sino en la acción movida por una u otra fe.

Aunque a menudo esa palabra haya servido como eufenismo de obsesión, revancha, ambición y locura.

Tanto es así que a diferencia de otros países y potencias siempre les hostigaron con tan manifiesta eficiencia, que ninguno de sus sujetos llegó a sentirse miembro de una colectividad, cuya marcha dependía de lo que hiciera el conjunto de sus individuos, con Big Boss al frente.

Inglaterra, Alemania, Holanda, …, se formaron sobre intereses de negociantes y provechosa moral luterana.

Italia sobre su vieja sabiduría comercial, mundana, y su propia falta de espíritu nacional.

Francia en torno a unos reyes autoritarios y centralistas sin el menor escrúpulo, habilísimos en manejar a Dios.

Mientras que Outer Heaven y su antecesora, les Militaires Sans Frontieres, obligados a encomendarse a su valeroso líder, no tuvo más remedio que recurrir a la agresión y a las creencias heroicas, a acogotar enemigos para mantenerse violenta, orgullosa y libre.

Allí se hicieron a la contra.

Por eso no hubo bailes cortesanos, ni poesía amorosa; porque aquellos menesteres eran, cuanto menos, prescindibles.

Suena terrible, en efecto.

Pero esa fue su historia.

Es justo la que tuvieron, y no hubo más.

Mientras los filósofos europeos ideaban cómodas utopías, soldados casi analfabetos salpicaban el mundo con su sangre por materializar sus ambiciones, sus odios y sus sueños; y en los intervalos aún solían volverse contra sí mismos.

Por eso su tragedia se basó en el uso de las armas.

En ellas cifraban su existencia y quimeras, y cuando el acero se oxidó empezó a labrarse su funesto desenlace.

Basta con decir que Outer Heaven no es sino una larga historia de fes imposibles, de esperanzas traicionadas y sueños rotos.

Ahí está la paradoja, y ese es precisamente el problema.

Con la fe depositada en su carismático lider, los soldados de Outer Heaven llenaron las mejores y también las más horribles (a menudo fueron las mismas) páginas de su historia, y por ellas pagaron un altísimo precio.

Pero aquellos intrépidos soldados ya no creen.

Ni sueñan.

Como mucho, se venden al mejor postor, vuelcan el vómito de su bilis en el cobarde tiro en la nuca, o manipulan a los deficientes mentales para que les eviten el trabajo sucio.

Con el paso de los años y sin la dirección de Big Boss se tornaron tan vulgares y ordinarios como aquellos a quienes hace décadas degollaban para ser diferentes.

¿Se los imaginan ustedes ahora echándose a la calle para defender un modo de vida, o tan siquiera su propia libertad?.

Hace poco más de medio siglo aún eran capaces de ello.

Mal les pese, actualmente su gloria se consume en el triste olvido.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.