MERECIÓ LA PENA

Boy in his room Pixel Art Xtreme Retro

Lo conoce mejor que a sí mismo, o creía conocerlo, porque el joven silencioso y reservado que ahora vive en la casa le parece, en ocasiones, un extraño.

El niño dejó de serlo hace tiempo y a veces, cuando está fuera, el padre se queda un rato en su habitación, callado, mirando los videojuegos acumulados en las respectivas estanterías.

Él compró los primeros y los puso allí, soñando con el aficionado que sería algún día.

Junto a los títulos y consolas de pasadas generaciones, encuentra las fotos de sus amigos y alguna chica.

Las medallas que ganó en el colegio, tenaz y esforzado.

Valiente, como él procuró enseñarle a ser.

Con el ejemplo de su madre: una buena mujer incapaz de pronunciar más de tres frases seguidas, pero que jamás faltó a su deber ni hizo nada que no fuera honrado.

Y que educó a su hijo con más ejemplos que palabras.

Inmóvil, en su habitación, detecta algo distinto, acaso un disimulado toque masculino, muy diferente al que recuerda de aquel niño febril, cuya presencia se desvaneció para no regresar nunca.

El crio que aparecía en la cama a medianoche con las mejillas húmedas, tras una pesadilla, para refugiarse a su lado, ya forma parte del pasado.

Quizá algún día recupere esa sensación con un nieto, o una nieta.

Ojalá no me sienta demasiado mayor para entonces, piensa.

Que aún tenga fuerza y salud para ocuparme de él, o de ella, y poder disfrutarlos.

Videojuegos, como les decía.

Hay muchos en la habitación, y jalonan casi tres décadas de vida.

Aventuras, plataformas, deportivos, y un largo etcétera.

Desde su tierna infancia había compartido con el chico las más apasionantes historias, orientándolo con cautela, pues él se encargó de transmitirle el amor por esta bendita industria.

La puerta maravillosa a mundos y vidas que acaban por multiplicar la propia: aspiraciones, sueños, anhelos cuajados en largas horas frente a la pantalla y templados en la imaginación.

La intensidad de una mirada joven que explora el mundo virtual en el descubrimiento de sí misma.

Estos videojuegos llevaron al muchacho a reconocerse entre los demás, a moverse con seguridad por el territorio exterior, a descubrir y planear un futuro.

A estudiar una carrera relacionada con el medio, aunque poco práctica, y licenciarse en sueños portentosos, ricos en cultura y memoria.

Ahora él, inquieto, se pregunta si hizo bien.

Si la lucidez que estos juegos le dieron a su hijo no sirve sino para atormentarlo.

Lo sospecha al verlo salir de casa para entrevistas de trabajo de las que siempre vuelve hosco, derrotado.

Cuando lo ojea teclear en el ordenador buscando un resquicio imposible por donde introducirse y empezar una vida propia: la misma que soñó.

Cuando lo observa callado, ausente, abrumado por el rechazo, la impotencia, la falta de esperanza que pronto sustituye, en su generación, a las ilusiones iniciales.

Recuerda a los amigos que empezaron juntos la carrera animándose entre sí, dispuestos a comerse el mundo, a vivir lo que aquellos títulos y su juventud anunciaban gozosos.

Y cómo fueron desertando uno tras otro, desmotivados, hartos de profesores incompetentes o egoístas, de un sistema académico absurdo, a menudo injusto, estancado en sí mismo.

De una universidad ajena a la realidad práctica, convertida en taifas de vanidades, incompetencia y desvergüenza.

Así se marchitó su expectativa fugaz.

Luego vino el choque con la realidad, y la ausencia absoluta de oportunidades.

El peregrinaje agotador en busca de un trabajo siempre esquivo.

Los cientos de currículum enviados, junto al esfuerzo continuo e inútil.

Y al fin, la resignación inevitable.

El silencio.

Tantas horas, días, años, de sacrificios sin sentido.

La urgencia, en definitiva, de aferrarse a cualquier cosa.

Tocando los cartuchos en sus estantes, el padre se pregunta si fue él quien se equivocó, si no tendría razón su esposa al sostener que no está el mundo para jóvenes con sueños en la cabeza y juegos bajo el brazo.

Si al pretenderlo culto y lúcido no lo hizo diferente, vulnerable, expuesto a la infelicidad, la barbarie, y el frío intenso que hace afuera.

Es entonces cuando, abriendo una caja al azar, encuentra unas líneas subrayadas bajo algún recorte de revista: “en esta aventura puedes jugar bien, según las reglas, y aún así te matarán.

Pero, si eres un buen jugador, al menos sabrás dónde te encuentras en el momento de perecer“.

Se queda un instante con el papel entre las manos, pensativo, releyendo esas líneas.

Después cierra la caja despacio, devolviéndola a su lugar.

Y sonríe mientras lo hace.

Tal vez no se equivocó por completo, concluye.

O no tanto como cree.

Puede que él forjara sus propias armas para sobrevivir, después de todo.

Quizá mereció la pena.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.