METAL GEAR. EL ETERNO RITUAL DE LA MUERTE Y LA TRAGEDIA QUE SE REPITE A SI MISMO

Incluso después de tantos años me remuevo incómodo en mi asiento al revivir aquellos momentos tan dramáticos, con antiguos héroes condenados al exilio, a la deshonra, o a una muerte prematura; llorando en ocasiones por la impotencia, o agazapados en una trinchera improvisada mientras suena el estrépito de las bombas.

Un cadáver en la cuneta, otro soldado que tiembla de frío sin abandonar su puesto en alguna gélida base alejada de los ojos de Dios y del mundo entero.
Inválidos ayudados por sus compañeros, empujados por antiguos camaradas a una muerte casi segura.
Muchos de estos personajes tienen una idea aproximada de qué está ocurriendo, y pese a todas sus miserias, producen menos compasión que los ojos de Snake cuando mira sin comprender.
Todavía hoy, congelado en aquellos juegos donde ya nunca envejecerá ni morirá, sigue mirándonos fijamente con ojos espantados a modo de acusación, de denuncia.
Como un insulto, acaso un recordatorio de nuestro aprobio, nuestra vergüenza y nuestra locura.
A título personal, tengo la dicha de no haber participado en ninguna guerra, pero si he conocido a gente que las ha sufrido, y por ellos sé que siempre son la misma.
He pasado no pocos momentos con refugiados oriundos de Bosnia, que compartieron conmigo sus vivencias, cuando las heridas aún estaban frescas, presente la huella de metralla en los muros, y la muerte campaba a sus anchas por su ciudad natal.

A decir verdad, pese a toda la parafernalia típica de Kojima, estas historias no difieren significativamente de aquellas que se relatan en la serie Metal Gear.
Historias, en definitiva, de grandes héroes y de gentuza, mezclados los unos con los otros, e indiferenciados bajo el traje militar.
Relatos escalofriantes donde los hombres son asesinados a sangre fría a la luz de los faros en cualquier carretera.
Esas viejas carreteras perdidas en la inmensidad de la nada donde soldados de toda condición e ideología exhalaron su último aliento mientras luchaban por un futuro mejor.
Por fortuna, estas historias ficticias, lejos de extinguirse, consiguen romper la atronadora barrera del silencio, aportando consigo numerosos valores para las generaciones de jugadores futuras, y facilitando en cierto modo la lucidez y la experiencia.
A mis treinta años no puedo evitar alegrarme por el niño curioso que fui, que con su pasión creciente por esta saga consiguió arrancarle un puñado de esas historias al olvido, todavía presentes para aquellos que saben leer entre líneas.
Cuántos muertos, y cuánto horror, y cuántos sueños truncados, y cuánto heroísmo, y cuantísima barbarie acumulados en tan sólo unas pocas entregas.
Autoridades justificando el uso de la fuerza o siendo torturados como animales, hasta su funesto desenlace.
Coroneles y soldados rasos; heroicos y abyectos, y con excesiva frecuencia ambas cosas a la vez.
Épica y salvajismo.
Los mejores guerreros del mundo contra los mejores guerreros del mundo.
Caín en su máximo apogeo.
Lo más hermoso, pero también lo más miserable de nuestra condición humana y nuestra raza maldita.
Canallas aprovechándose de la desgracia ajena, sirviéndose a su favor del río revuelto, cambiando de chaqueta con una facilidad pasmosa y congraciándose con los poderosos.
Hombres honrados que se alzan para presentar batalla.
Ojos de miedo y desesperación, balazos y mutilaciones.
Héroes y cobardes.
Vivos y muertos.
Todos ellos tienen cabida en esta apasionante franquicia que se repite a si misma en el eterno ritual de la muerte y la tragedia, donde abundan los hijos de puta que no tienen reparo alguno en mojar en la sangre su pan – es un decir -, por asuntos que ni tan siquiera son de su incumbencia.
Soldados, como Big Boss o Solid Snake, humillados, pidiendo clemencia o escupiendo a la cara de sus verdugos, a menudo con una colilla en la boca.
Esa colilla con la que desde tiempos remotos se representa a los condenados cuando son llevados al paredón.
Por ello no puedo evitar enternecerme ante el rostro de su tragedia, de su desgracia.
Qué guerra tan atroz y tan incomprensible, o tan incomprensible por atroz.
Una guerra en todo su esplendor, que enfrenta a mentora contra pupilo, a padre contra hijo, a hermano contra hermano, …
Una guerra continua en la que aflora la ruindad que alberga en los rincones más oscuros del corazón humano.
Delaciones, chivatazos, ajustes de cuentas, indeseables que medran con el dolor y el sufrimiento ajeno, y desgraciados que se rebajan para sobrevivir, buscando cualquier cosa que llevarse a la boca.
Campos de batalla, cementerios y renegados.
Hombres y mujeres, en su mayoría anónimos, perdidos para siempre.
En síntesis, un espectáculo atroz, pero apasionante: sangre, romanticismo, intereses de todo tipo, barbarie ancestral, y mujeres hermosas.
Pero ni todos esos elementos sabiamente conjugados consiguen disimular cómo se cebaron indiscriminadamente con los héroes de esta atípica historia, esos pobres, entrañables y desgraciados viejos soldados.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.