MI AÑORADO CENTRO RECREATIVO

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Está situado en la ciudad que me vio nacer, y entre sus máquinas, uno veía pasar la gente y la vida.

Recuerdo con añoranza como varios de mis mejores amigos de juventud acostumbraban a sentarse allí, para jugar alguna partida fugaz.

Pero algunos hace tiempo que dejaron aparcada tamaña afición, cuando cambiaron aquellas coin-ops por una fria lápida en el cementerio de Valencia; así que ahora soy yo quien acude a sentarse allí cuando vuelvo a mis raíces.

Y como ellos hacían, permanezco inmóvil durante largo tiempo, mirando.

Con todo, el centro recreativo ya no es lo que fue.

Otros que eran su competencia son ahora siniestros bancos, supermercados o cajeros automáticos, y aunque el actual propietario se resiste a cerrar, también él tiene los días contados.

La gente joven prefiere abordar otros sistemas, de modo que los populares salones recreativos se han ido convirtiendo en lugares fantasmales, desmantelados y ensombrecidos por una reconversión salvaje.

Mis antiguos camaradas me comentan, cuando nos vemos, que las cosas van a cambiar, y que sólo necesitan tiempo.

Pero temo que para entonces aquel centro recreativo esté de corpore sepulto.

Ya sólo se anima un rato a media tarde, durante los fines de semana.

Entonces, por un instante, el lugar recobra la vida que tuvo antaño, cuando era punto de cita habitual, y su calle sitio obligado de paso para todo hijo de vecino.

Cuando uno fumaba los primeros cigarrillos y, acechando el paso de los primeros amores de su vida, pedía una Coca Cola en los bares de las proximidades a los viejos camareros: aquellos graves individuos de chaqueta blanca y pantalón negro que ahora se han jubilado o se han muerto, y allí donde están ya nadie te pregunta qué va a ser, Don José, sino que te tutean y te llaman Pepe.

Mi añorado centro recreativo es uno de los pocos lugares del mundo en el que suelo conversar con extraños, y por un rato intento recobrar las cosas que se fueron.

Ya no desborda la vida aquel trozo de calle, ni pasean entusiasmados los chiquillos rumbo a una nueva máquina; ni Arturo Sanfelix me espera ya en su puerta, o Antonio Julia Lopez – al que cariñosamente solíamos llamar “Tonete” – me saluda impaciente desde su interior.

Ni tan siquiera mi bienamado Juan Pascual me aguarda a la salida del metro, como era costumbre.

Nada de eso es posible ya.

Pero a partir de cierta edad uno es lo que recuerda; así que todavía frecuento el lugar sin darme por vencido, aplicándome en reconstruir, como un arqueólogo minucioso, sensaciones y personas a partir de pequeños detalles.

Hay un rectángulo del sol que recorre la misma pared que recorrió siempre, y el sabor amargo de la derrota en cualquier arcade de lucha es el que creo recordar.

Entonces, si te empeñas, el matrimonio que pasa por la puerta, cogido de la mano, es el mismo que pasaba por allí hace décadas.

La joven hermosa que camina arrogante, como si no existieran las palabras tiempo y muerte, es la misma que nos calentaba la sangre en las venas a la salida del colegio.

Si olvidas las canas del hombre que se sienta en la recreativa más próxima, reconocerás al niño con quien solías compartir pupitre.

Y esa bellísima quinceañera que tiene un rostro increíblemente familiar, hasta el punto de que te sobresaltas al verla y estás a punto de pronunciar su nombre, sale del mismo instituto del que su madre salía hace lustros.

Es una de ellas, como diría el viejo Don Ramón de Campoamor: las hijas de las mujeres que tanto amé.

Sabes que un día volverás en busca de todo eso, y en su lugar habrá una sucursal del Bankia, o algún antro semejante, y en la puerta un detector de metales y un agropecuario vestido de Rambo.

Por eso, cada vez que encuentras aquel centro recreativo en su sitio, vives otra prórroga frente al tiempo y al olvido.

Sabes que no es realmente malo que las cosas se vayan; sólo ley de vida, y al cabo uno mismo termina yéndose con ellas, como debe ser.

Lo triste sería no darse cuenta de que se van, hasta que un día miras atrás y compruebas que las has perdido para siempre.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.