MI COLECCIÓN DE VIDEOJUEGOS

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La verdad es que no tengo una gran colección de videojuegos, especialmente si la comparamos con la de otros aficionados al medio.

Hace años me incliné por ciertas opciones en la vida, guiado por la idea de lograr un máximo de calidad con el mínimo de cosas, lo que no quiere decir que optara por una vida monástica; muy al contrario, cuando no estamos obligados a poseer infinidad de objetos, tenemos una libertad inmensa.

Algunas de mis ex-novias se quejaban de que, por culpa del excesivo vestuario, perdían no pocas horas de su vida intentando elegir qué ponerse.

Como yo reduje mi guardarropa a lo básico, no tengo que afrontar ese problema.

Pero mi intención aquí no es hablar de moda y sí de videojuegos.

Volviendo a lo esencial, decidí mantener sólo unos cuantos cientos de títulos en mi ludoteca.

Unos por razones sentimentales, y otros porque siempre los estoy rejugando.

Adopté esa decisión por varios motivos, y uno de ellos es la tristeza de ver que colecciones acumuladas cuidadosamente durante toda una vida son vendidas después al peso, sin el menor respeto.

Otra razón: ¿por qué mantener todos esos cartuchos y compactos en casa?.

¿Para demostrar a mis allegados que soy un experto en la materia?.

¿Para adornar la pared?.

Muchos de los juegos que compré hace años serán infinitamente más útiles en manos de otros coleccionistas.

Antiguamente, podía decir “los necesito porque voy a disfrutarlos en el futuro“.

Pero hoy en día los emuladores suplen, en cierto modo, esa carencia.

Y ahí tenemos internet, la mayor colección de todo el planeta.

Claro que continúo comprando juegos, preferiblemente clásicos, pues no existe emulador alguno que pueda sustituirlos.

Pero, cuando ya he terminado unos cuantos, dejo que viajen, los presto o incluso los regalo.

Sobra decir que mi intención dista de ser altruista.

Tan sólo creo que un juego tiene su propio recorrido y, en ocasiones muy puntuales, no puede ser condenado a permanecer inmóvil en un estante.

Por ser un apasionado coleccionista puedo estar abogando contra mí mismo.

Al fin y al cabo, cuantos más juegos conserve, mayor será mi colección.

Ahora bien, sería injusto con otros conocidos, principalmente con aquellos cuyo criterio de selección es infinitamente más refinado que el mío, pero no han tenido tantas facilidades.

Dejemos pues que nuestros juegos viajen, no acumulen polvo, sean tocados por otras manos y disfrutados por ojos ajenos.

En el momento de escribir estas líneas, recuerdo la asombrosa generosidad de Adol3, Marina, Juan o ElXuXo, que también quisieron compartir parte de su colección conmigo.

Tengo la impresión de que varios de aquellos títulos que regalé difícilmente volvería a exprimirlos, porque siempre se publica algo nuevo, interesante, y a mi me encanta jugar.

Por otra parte, me fascina la colección de ciertos autores, como el anteriormente citado Adol3; entre otras, porque conviene recordar que el primer contacto de los niños con los videojuegos se debe a la curiosidad, y de otro modo se perderían una serie de obras maestras absolutamente imprescindibles, pertenecientes a otras épocas.

Pero también me parece maravilloso cuando algunos aficionados me muestran copias usadísimas, como la amante de Solid Snake de la que os hablaba hace escasos días, pues significa que fueron prestadas decenas de veces y, por tanto, viajaron tanto como lo hacía la mente de sus programadores mientras las moldeaban.

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Xtremeretro

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico.
Pasad, pasad… bajo vuestra propia responsabilidad.