MI VIEJO AMIGO RICHTER BELMONT

Castlevania Richter Belmont Bowser Castle Toad Pixel Art

Con relativa frecuencia suelo argumentar que, si tuviera que lidiar con un incendio, salvaría a mi perro y algunos títulos de la colección, que todavía conservo impolutos en sus cajas originales.

Muy significativamente si me refiero a las series de Metal Gear (Solid), The Legend of Zelda y Castlevania, la tercera saga en discordia – los juegos de Sonic merecen un capítulo aparte en la vida de este humilde redactor, como bien sabrán los habituales de la página que nos traemos entre manos -.

Algunos de los cartuchos más añejos que todavía convervo aún mantienen pegada la etiqueta con su correspondiente precio, marcado en pesetas.

Solía juntar dinero a expensas de ciertas comidas, o bien lo conseguía reunir entre cumpleaños, santos, y similares.

Así me asomaba al mostrador de la tienda, caprichoso e ilusionado, con el bolsillo abultado de monedas.

Y antes de salir a la calle, apretaba con delicadeza la tan anhelada caja, retirando el buen precinto, si es que lo hubiera, que desde los primeros años asocié con el viaje a mundos de ensueño o la aventura.

Y viceversa.

Con la madurez adquirida, y dado el amor que le profeso al medio, cada vez que aterrizaba en lugares lejanos reforzaba aquella imagen que se había forjado durante los años de mi niñez; y en no pocas ocasiones he deseado frecuentar los mismos parajes que antaño visité en consolas como Super Nintendo – basta con decir que los concurridos escenarios del Illusion of Time/Gaia me siguen fascinando en la actualidad -.

Aún los transito muy de vez en cuando, sobre todo el decadente castillo de Castlevania.

Me gusta perderme entre los añorados Rondo of Blood, Vampire’s Kiss o Symphony of the Night, programa que considero equilibrado y perfecto, en el que destaca su protagonista principal y abundan inesperados amigos como Richter Belmont, presente en todos los anteriores.

Les aseguro que en más de una ocasión, cuando la vida me obligó a echarme una mochila a la espalda y seguir caminando sin mirar lo que dejaba atrás, hubiese deseado tener un compañero semejante, al que creí destinado en alguna parte.

Lo encontré, desde luego.

Varias veces tuve ese privilegio.

Unos se le parecían razonablemente, y otros menos.

Unos siguen vivos y otros ya han pasado a mejor vida, o a ninguna en absoluto.

Unos fueron aventureros excepcionales, capaces de enfrentarse a cualquier cosa, y otros carecían de tamaña virtud.

Cada cual tuvo su registro.

Pero en todos ellos, en cada camarada fiel que la suerte o el destino me deparó, cada vez que alguien estuvo junto a mi, hombro con hombro, pude reconocer esa firme determinación y anhelo de justicia que me acompañó durante tantísimas horas felices y tantos otros sueños infantiles, desde el momento decisivo y magnífico en que me enamoré de la saga por vez primera en Game Boy.

O quizá ella me sedujo a mi.

Pues bien, el otro día ocurrió algo extraño.

Recibí un correo de un joven pero apasionado lector que responde al seudónimo de Toad, asegurando que ocasionalmente, en algunos de mis artículos, y tras ver mi foto, le recordaba al bueno de Richter Belmont.

Con las greñas y todo, añadía convenientemente nuestro contertulio.

Y me dejó pensativo.

Después rebusqué entre diversas cajas hasta dar con el memorable Dracula X Chronicles de PSP, y lo hojeé durante largo rato.

Dios mio, pensé de pronto.

El cazavampiros, al que siempre creí un hombre mayor y curtido por la incesante batalla y la vida, ya es más joven que yo.

Él sigue ahí, en la morada de Vlad Tepes, sin envejecer nunca y con su larga melena; mientras tanto, la imagen que me devuelve el espejo, la mía, se ha marchitado considerablemente, mostrando algunas canas en el pelo que el sufrido héroe no tendrá jamás.

Soy yo quien envejece, y no él.

Ya no soy aquel muchacho, ni volveré a serlo nunca.

Soy yo quien ha pasado, con el tiempo, al otro lado de las pantallas que me acompañaron durante la niñez.

Y mientras devuelvo el UMD a su pertinente embalaje, asoma por mi garganta una risa melancólica.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.