MIKE HAGGAR, EL ALCALDE DE METRO CITY, NOS ABRE LAS PUERTAS DE SU CASA

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Mike Haggar, el ilustrísimo alcalde de Metro City, nos recordó el caso de un ministro chino al que fusilaron por corrupto; y el de otro japonés que, tras ser pillado con las manos en la masa, se hizo el harakiri en plan grosero, poniendo fin a su vida antes de que la policía le dijera aquello de estás servido.

Huelga decir que ambos episodios se prestaron a comentarios e interpretaciones de todo tipo y pelaje.

En lo que respecta al chino, varios reporteros de Xtreme Retro veían el asunto con la indignación de los que se oponen a la pena de muerte, mientras otros contertulios opinaban que, puestos a meter en algún sitio doce balas de AK-47, las asaduras del minustro corrupto eran el lugar adecuado.

Haggar, en cambio, no pisó ese jardín, y se limitó a decirnos que, aunque aborrece la pena de muerte en términos generales – en casos particulares y personales ya hiló más fino -, el fusilamiento de un ministro corrupto no le quitaba el sueño.

Lo que le desvelaba, poniéndole de una mala leche espantosa, era la impunidad que un país lejano, confortable y humanitario como España, le brinda actualmente a tanto sinvergüenza, sea ministro o delincuente, como los miserables de Mad Gear que acostumbraba a finiquitar en sus buenos tiempos.

Eso le llevó a hablarnos sobre el otro difunto.

El japonés, para más señas, que por lo visto se codeaba con los directivos de una afamada compañía de videojuegos.

Total, que aquel fulano se enteró de que lo suyo iba a hacerse público, y de que el telediario iba a contar con pelos y señales cómo se enriqueció con dinero de dudosa procedencia, se conchabó con los yakuzas, trincó comisiones fraudulentas hasta del dibujante de Heidi, y se gastó la viruta en geishas y lumis vestidas de colegialas con calcetines, que por lo visto eso allí les pone a todos como Yamahas.

Pero aquel político, que tuvo un antepasado samurai en Okinawa, decidió que el deshonor era demasiado para su cuerpo serrano.

Así que, para rehabilitarse él y su família ante la sociedad a la que defraudó, según nos comentó Haggar, se puso el kimono, se calzó media botella de sake para que no le temblase el pulso, y como rajarse las tripas le daba repelús, decidió ahorcarse en el jardín, entre bonsáis, antes que verse en boca del vulgo, como algunas de esas supuestas artistas de las que se enorgullecen los españoles.

Precisamente, a estos últimos también les dedicó jugosas reflexiones, a causa de una noticia que no es tal, pero sin embargo, se encuentra a pie de página en todos los periódicos.

Resulta que cierto expresidente ha reconocido, muy a su pesar, que durante décadas mantuvo cuentas millonarias en paraísos fiscales, pero que, por razones que no vienen al caso, no ha tenido tiempo para declarar todavía.

Ahora traten de imaginar a ese personaje, o cualquier otro implicado, enterándose de que iba a saberse lo suyo, a la espera de que salgan a relucir más corruptelas, cohechos y prevalicaciones varias.

Imagínense todo eso, y al político de turno apesumbrado por el aprobio, dudando entre la soga, el veneno o el puñal, como en los dramas de Tamayo y Baus.

Qué dirán, cielo santo, mis compañeros de partido, y mis votantes, y mis hijos, y los hijos de mis hijos.

Tierra, trágame.

Adiós mundo cruel, etcétera.

¿Verdad que no se lo imaginan ustedes ni hartos de vino?.

Pues Haggar tampoco, y eso que de política entiende un rato

O quizá por eso.

Nos comentaba muy serio que, si un político español se entera de que mañana van a airear su cuenta en Gibraltar, o las bolsas de basura con billetes de quinientos euros de su legítima, encoge los hombros, se fuma un puro y marca el teléfono de una sauna de masajes.

Con final feliz, a ser posible, porque estaría algo tenso.

Entonces recordó, una vez más, lo del japonés; aquel caballero que decidió salvar su honor con esto y lo otro.

¿Por qué no cundirá el ejemplo, aunque sólo sea para desinfectar el paisaje?, nos preguntaba el alcalde de Metro City.

Honor y demás parafernalia.

Entonces, uno de nuestros redactores habituales le interrumpió, recomendándole encarecidamente echar un vistazo a los últimos resultados electorales, pese a todos los procesos abiertos por corrupción, trata de blancas y otras lindezas, en algunas ciudades donde los políticos volvían a ser reelegidos por mayoría absoluta.

En España, concluyó, todo queda en familia.

Todos son presuntos de algo, así que no pasa absolutamente nada.

En el peor de los casos, un juicio, fotos y titulares de prensa, algo de talego, y después a disfrutar, que la vida son dos días.

Entre nosotros, Haggar, ahora que hay confianza, aquel japonés era un poquito gilipollas.

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