MUJERES DE PELO EN PECHO, VIRTUALMENTE HABLANDO

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Vade retro.

Cuidado con jugar al Metal Gear Solid frente a un grupo de mujeres bienpensantes, castas y pudorosas.

Y es que, hace escasos días, tuve la ocasión de participar en un encarnizado debate junto a un grupo de feministas exaltadas, que se subían por las paredes a causa de una escena, a priori, bastante inofensiva.

Concretamente, aquella en la que Solid Snake reconoce a Meryl por su trasero.

Así pues, las furiosas críticas hablaron de atentado contra la dignidad de la mujer, de incitación a la violación, de “dar por supuesto que las mujeres están para satisfacción sexual de los varones“, y de imágenes ilícitas por utilizar el cuerpo femenino, o parte del mismo, “como mero objeto desvinculado del título en cuestión“.

A tales extremos llegó la controversia que algún novio tuvo que tomar cartas en el asunto, asegurando que aquella aventura de espionaje táctico era “vejatoria para las mujeres“, pues las reducía “a un simple objeto sexual al servicio de los hombres, claramente ofensivo para las aficionadas“.

Por supuesto, los restantes novios les dieron la razón en el acto, pidiendo disculpas.

Cielo santo, no volveremos a jugar más, etcétera.

Y las muchachas se apuntaron un tanto.

A ver si nos aclaramos.

Una cosa es que las erizas, cabreadas con motivo y en legítimo ejercicio de autodefensa, marquen con claridad las reglas de juego: intolerancia absoluta frente al machismo exacerbado.

Eso es lógico y deseable, y ningún varón decente puede oponerse a ello.

Al menos, yo no puedo.

Ni quiero.

Pero otra muy distinta es que, jaleadas por demagogos oportunistas, acatadas sin rechistar sus exigencias por quienes no desean buscarse problemas, unas cuantas radicales enloquecidas mezclen conceptos equivocados a placer, empeñadas en someternos a la dictadura de lo socialmente correcto, retorciendo cada escena para adaptarla a sus enrevesados puntos de vista, chantajeándonos con victimismo desaforado, y acorralando el sentido común hasta el límite de lo absurdo.

Al final conseguirán que retrocedamos en el tiempo, hasta la época en la que Nintendo censuraba a diestro y siniestro, y el insigne Torquemada hacía de las suyas.

Por lo pronto, lograron que sus parejas se avergonzasen de la pasión que le profesaban a la obra de Kojima, rebajándola a la categoría de algo sórdido y clandestino.

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Todo vale con tal de velar por la dignidad de la mujer, aunque sea a costa de ponerle la etiqueta del pecado.

Respecto a las posaderas de Meryl, qué quieren que les diga.

Que me fusilen las talibanes del género y génera, pues en más de una ocasión me deleité con su estampa, como la práctica totalidad de mis conocidos.

Porque, en el lado opuesto de la balanza, también ellas se las traen, cuando quieren traérselas.

Virtualmente hablando, claro.

Además, no sé por qué diablos dan por supuesto que todas las mujeres se sienten, como ellas, ofendidas cuando Meryl, haciando gala de una serie de valores que ya quisieran para sí sus incontables compañeros masculinos, realza su escultural figura, o bien saca a relucir su condición femenina.

Más aún porque, en el caso que nos ocupa, Snake actúa sobre terreno seguro, y con consentimiento expreso o tácito de la heroína.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
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