MUÑECAS JAPONESAS PARA QUEHACERES SEXUALES


Si con anterioridad os hablé acerca de ese intento de juego conocido como Lots of Mothers, donde nuestro cometido era dejar en cinta a tanta mujer como fuera posible, para la ocasión quería hablaros de otro sistema de corte tradicional, pero no por ello menos sofisticado.

Me estoy refiriendo a las muñecas hinchables, pero no a aquellas poco elaboradas que nos miraban con cara de sorpresa y pretendían seducirnos con un cuerpo que recordaba en gran medida a los flotadores de playa.


De hecho, el tema que me traigo entre manos no es otro que el de las Datch Waifu, la evolución lógica de las Real Doll, unas muñecas consideradas de lujo que imitaban con acierto a la anatomía femenina, y que se han convertido en una de las modas explotadas en tierras japonesas.

Para conocer los orígenes de estas Datch Waifu, que se traduce de forma literal como Esposa Holandesa, es preciso remontarnos a mediados de los años cincuenta, cuando la economía japonesa era cerrada y rehusaban a comercializar con los extranjeros de modo habitual.

Sin embargo, existen excepciones para cada regla establecida, y los pioneros en abrirse camino en este riguroso código de conducta y estrictas pautas fueron los holandeses, a los que tan solo se les permitía comerciar en la distante isla de Deijima.


Viéndose privados de desplazarse a voluntad, e impedidos de compañía femenina alguna, estos comerciantes tuvieron que buscar otros métodos más imaginativos para poder aliviar las tensiones propias de sus quehaceres, recurriendo básicamente a prácticas masturbatorias de diversa índole.

No tardaron en servirse de unas muñecas conocidas como Datch Waifu, que originalmente estaban destinadas hacia el descanso, para dar rienda suelta a sus más depravadas perversiones.

Dichas muñecas, estaban construidas en su interior a base de bambú y cañas de mimbre, con una serie de agujeros que permitían que circulase el aire por sus conductos internos, proporcionando un mejor y más placentero descanso.


Sin embargo, los afanados trabajadores llegaron a la conclusión de que, dadas las semejanzas que atesoraban estas particulares almohadas con las féminas que tanto añoraban, era preferible hacer un uso bien diferenciado del que venía siendo habitual, y dedicarse a tapar agujeros para pasar las tristes y solitarias tardes de invierno, dando paso al pintoresco espectáculo que se produce cuando un hombre trata de violar a una indefensa almohada.

Y este fue el comienzo de una práctica que ha perdurado hasta nuestros días en aquellas lejanas tierras, donde estas muñecas se han convertido tristemente en el único consuelo de muchos varones faltos de mujeres.


Por fortuna para ellos, es posible personalizar todos y cada uno de los rasgos diferenciales de estos objetos de deseo, por lo que cada muñeca resulta única en su especie, al no repetir ni el cabello, tez, senos, o cualquier otro elemento visible perteneciente a un modelo anteriormente disponible.


De este modo, además de entretenerse desvirgando a estos objetos sin compasión alguna, pero si mucha pasión de por medio, los japoneses también se pueden deleitar poniéndoles vestidos, peinándolas, y si me apuráis, hasta dándoles el biberón, al más puro estilo de las muñecas actuales con las que juegan las niñas de nuestra sociedad, pero con una manera de hacer muy suya, poco recomendable para los infantes.
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