NEGRO COMO EL TIZÓN

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Estaba el arriba firmante echando una partida en los recreativos del Mataró Parc cuando pasó un negro.

Era un tipo normal, con buena pinta, que iba con su bolsa de Movistar en la mano.

Cerca jugaba un niño de seis o siete años, sosteniendo con firmeza una pistola del Time Crisis.

Y cuando pasó por delante el fulano, aquel zagal se desvió de la pantalla para pegarle un par de tiros.

Pum, pum.

Él se partió de risa y siguió su camino, a lo suyo.

Entonces, la madre del crío, que estaba cerca, sugirió:

Pablo, no molestes a ese señor de color.

No dijo a ese negro, ni tampoco a ese señor.

El pequeño pistolero obedeció, no sin antes dedicarle al paseante un último tiro, el de gracia, y yo me quedé mirando al niño y a la madre mientras pensaba: ahí la tienes, compadre, una madre responsable, o sea, nada racista en absoluto.

Irreprochable, educada y moderna, con sus matices y todo.

Seguro que además es de las que se indignan cuando maltratan a ilegales, de quienes se compadece cada vez que aparecen en la tele.

Una buena mujer de limpia conciencia, en suma.

Y es que vivimos en el tiempo del eterno marear la perdiz y no llamar las cosas por su nombre.

Del mismo modo que procuramos desterrar el dolor y lo feo de nuestras vidas, inventando un mundo artificial donde no vamos a morir nunca y donde todos seremos eternamente guapos y jóvenes, andamos por ahí soslayando cuanto no encaja en el esquema, o pintando las motos de verde.

Supongo que todo radica en que ésta es una sociedad que mira continuamente su ombligo y el del vecino, y donde todo cristo anda pendiente del qué dirán, del vete tú a saber, y del no vayan a pensar que yo, etcétera.

Pero lo grave es que, con tanto abusar de ello, incluso los eufenismos y los circunloquios terminan gastándose, pierden sentido o se devalúan, y hay que buscar otros nuevos.

Es así como nos pasamos la vida rizando el rizo de lo absurdo.

Un maestro, título hermoso y absolutamente digno, se convierte en docente o enseñante, término del que algunos cantamañanas del gremio estarán orgullosísimos, pero que a un servidor le parece una solemne soplapollez.

Las putas son asistentes sexuales.

Las chachas de toda la vida son empleadas de hogar – lo que no impide que sigan sirviendo la sopa o barriendo -, y menos mal que no cuajó la propuesta de llamarlas colaboradoras domésticas.

Sin olvidar aquel inefable productores con que el régimen del Generalísimo quiso elevar el paripé a la categoría de arte, esterilizando las enjundiosas palabras trabajador y obrero.

O el más reciente personas especiales para los minusválidos – a tenor de lo visto, llamarlos inválidos suena casi a insulto -, o ese niños diferentes con el que ahora nos ha dado por bautizar a los chiquillos subnormales, como si la deficiencia mental, que no es un término peyorativo sino una circunstancia desgraciada, fuese algo vergonzoso, la única diferencia a señalar.

Ustedes me van a perdonar, pero tengo la molesta impresión de que ese miedo a las palabras en el fondo esconde muy mala conciencia.

A mi, sin ir más lejos, mis amigos negros me han llamado blanquito, a veces como insulto y a veces como mera definición de mi apariencia física, porque entre ellos sucede como en todas partes, y también hay de todo: gente sin complejos  y perfectos hijos de puta.

Resulta muy significativo que los que menos importancia le dan al carácter socialmente negativo de tal o cual color de piel sean precisamente los niños.

Ningún renacuajo se apartará de otro o dejará de jugar con él porque su raza sea distinta, sino al contrario, la curiosidad natural lo empuja siempre a acercarse y permanecer en contacto.

Sólo a medida que vamos envejeciendo, y perdiendo la inocencia, la sociedad correspondiente nos impone sus filias y sus fobias, que asumimos para congraciarnos con nuestra tribu.

O – estadio más sofisticado – ejercemos su misma demagogia barata, cuando lo que está bien visto no es la xenofobia, sino todo lo contrario.

Lo malo no es admitir que hay otras razas, sino creerse superior a ellas.

Por eso me queman la sangre todos los que no se atreven a pronunciar la palabra negro por culpa de su mala conciencia, y la disfrazan con la jujana del color, como si así suavizaran el tinte.

Un color negro, evidentemente, por muchas vueltas que le des.

O llaman, que ésa es otra, con el estúpido paternalismo que no sé de dónde diablos sacan ciertas mulas de varas y comentaristas deportivos, morenito a un licenciado en Filosofía o en Química Nuclear.

O a un sujeto que mide dos metros y juega al baloncesto, y cuando sonríe parece el teclado de un piano.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.