ODDWORLD: STRANGER’S WRATH

La caótica banalidad de Oddworld Inhabitants ha dado lugar a algo casi desconocido en los videojuegos: una serie en la que puede suceder cualquier cosa, y en la que muy a menudo sucede.

En los días de PlayStation, Oddworld fue vitoreado por aportar un diseño gráfico espléndido a un formato en decadencia – la aventura de plataformas bidimensional -.

Aquel juego narraba la historia de los Mudokons, una raza de trabajadores dignos de lástima que empaquetaban comida en las factorías de RuptureFarms, felizmente desconocedores de que también eran el ingrediente principal.

El universo que se expande por esta serie también es digno de loa, y poco tiene que envidiar a las historias de J.R.R. Tolkien o George Lucas.

Dicho lo cual, Oddworld: Stranger’s Wrath era una obra que nadie esperaba.

En un rincón de Oddworld, un cazarrecompensas llamado Stranger atrapa forajidos con el fin de ahorrar para financiar una misteriosa operación salvavidas.

En la desgracia de los Grubbs, los habitantes de un pueblo cercano esclavizados por un demonio genocida, finalmente encuentra lo que había estado buscando.

Bien abastecido de “munición viva” – auténticas criaturas vivientes que dispara desde su arco, cada una con poderes específicos -, se lanza a una batalla épica de acción y sigilo, sin sospechar que se está jugando algo más que su dinero.

La huella de los antiguos Oddworld se halla aquí oculta con maestría en las texturas, las armas y las actitudes, y esperando para demostrar que la crueldad se presenta con innumerables disfraces.

Y cuando por fin sale a la superficie, junto con un giro narrativo que pone el juego patas arriba, lo hace con gran brío, para vergüenza de aquellos que presumen de madurez.

No en vano, este título contribuye a superar los clichés y los estereotipos propios del género.

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