PAPERBOY

Paperboy ofrece una experiencia extraña para los estándares actuales, pero nunca está de más recordar que algunos lo consideran el ancestro de Grand Theft Auto.

El título versa sobre un chico solitario que intenta sobrevivir en un barrio inseguro, donde el jugador desempeña el rol del joven desventurado que debe recorrer en bici las calles para repartir el Daily Sun – como todo el mundo sabe, “el diario más desechable del mundo” – en las direcciones correctas, y preferentemente sin romper ninguna ventana.

La calle se mueve de derecha a izquierda, lo que no te permite ver los coches que se aproximan hasta que los tienes encima… pero también de ofrece una mejor visión del barrio: los ladrones abren ventanas con palancas, los breakdancers bailan por donde debes pasar, otro niño con un coche teledirigido intenta pincharte las ruedas…

El juego también parece obsesionado con la muerte, o como mínimo, con Halloween, mientras pasan frente a ti los coches fúnebres y la Parca se pasea por la acera.

Incluso hay lápidas con tus iniciales en los jardines, que puedes tumbar para ganar unos apetecibles puntos extra.

Con un auténtico manillar para controlar el juego, la versión arcade funcionaba igual que una bici sin marchas, de aquellas que un chaval de su edad se moría por vender.

Pero el mayor reto del juego, que en realidad no deja de ser una galería de tiro camuflada, consiste en mantener a los clientes satisfechos.

Después de cada entrega, algunos clientes descontentos pueden darse de baja de las suscripciones, y si pierdes a muchos, te despedirán.

La idea de un barrio similar se retomaría luego en muchos otros juegos, como por ejemplo Saints Row.

Pero, claro, los sucesores de Paperboy cambiaron los periódicos por las pistolas, y el precio que había que pagar por perder era mucho más sangriento que quedarte sentado en la acera con tu bici ruinosa y la bolsa de los diarios sobre la cabeza.

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Xtremeretro

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
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