PERROS ASESINOS EN LOS VIDEOJUEGOS

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Los descubrí anoche, mientras jugaba con determinado Survival Horror.

Me recordaron, en cierto modo, a una jauria de perros asilvestrados.

Impresionaba el desconcierto de los supervivientes junto a las víctimas, ya muertas o moribundas, acurrucadas con el cuello deshecho, la carne viva y ensangrentada, aún palpitante, al descubierto.

Como si en vez de perros hubieran atacado, amparándose en la oscuridad de la noche, un grupo de malintencionados carniceros.

Resulta evidente que se lanzaron a la matanza con ganas de hacer daño.

Por las huellas, debían haber, al menos, siete u ocho, y dos de ellos fueron acorralados.

Uno era grande, de mandíbula poderosa, y alzaba la cabeza con firmeza y desafío, como insinuando que lo haría otra vez, si pudiera.

El otro era menudo, de ojos enormes y oscuros, y miraba al personal con gesto arrepentido y lastimero, al estilo de esos delincuentes que, tras pillarlos con las manos en la masa, aseguran que roban o matan porque tienen hambre y la sociedad hizo de ellos lo que son.

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No obstante, el destino de ambos canes estaba sentenciado, y en el momento de teclear estas líneas ya habrán muerto.

El caso es que pude extraer algo de aquel fatídico encuentro.

Una sensación extraña, acaso incómoda, que me obliga a divagar aquí sobre ellos.

En primer lugar, porque la muerte de ciertos individuos me trae sin cuidado, pero la de un perro, aunque sea en el ámbito de los videojuegos, jamás me resulta indiferente.

Siempre sostuve que esos animales son mejores que muchas personas, y que cuando uno de nosotros desaparece, el mundo no pierde gran cosa.

Es más, en ocasiones, incluso gana en armonía.

Pero cada vez que muere un buen perro, todo se vuelve más desleal y sombrío.

Lo de buenos o malos perros, como de costumbre, también es relativo.

La mayor parte de las veces, lo que separa a un ejemplar heroico o bondadoso de un perfecto asesino no es más que la confusa y delgada línea que diferencia a un amo normal de un hijo de la gran puta.

Porque los perros son, casi siempre, el reflejo de los humanos.

En eso pienso ahora, mientras me asalta el recuerdo de aquellos ojos melancólicos.

No es la primera vez que unos perros asilvestrados cobran protagonismo en el mundo virtual.

Cada vez que me topo con alguno de ellos, en Raccoon City o Silent Hill, me quedo pensando en esas jaurías espontáneas, formadas por supervivientes de las cunetas, autopistas o tortuosos experimentos, que tras verse abandonados a su suerte resisten al calor, al hambre, a la sed o la soledad, y lamiendo sus llagas terminan juntándose, para su fortuna, con otros hermanos de exilio, con otros proscritos que, igual que ellos, pasaron de ser adorables cachorros a presencia molesta o, en el peor de los casos, monstruos abominables, para terminar siendo arrojados a un mundo difícil para el que nadie les había preparado.

Un territorio hostil que ni conocían, ni imaginaban.

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Por eso, para calmar la tristeza infinita que me produce ese pensamiento y no conmoverme demasiado, prefiero creer que esos perros que, precisos y letales, atacaron con objeto de comer un poco y matar mucho, poseen la inteligencia suficiente para saber lo que hacían.

No quiero pensar en accidente o azar.

Prefiero imaginarme su agresión como una venganza salvaje, de una jauria asesina formada por los que en otro tiempo fueron cachorros, y ahora, maltratados, abandonados, proscritos por dueños que les dieron algún cruel indicio de felicidad antes de sumirlos en el estupor y la soledad, atacan y matan sin piedad, por ansia de revancha, por simple sed de sangre, aunque el precio a pagar consista en acabar como sus propias víctimas.

Ajustando cuentas, para qué vamos a negarlo, como una partida de bandoleros sin ley ni amo, devueltos a la barbarie y empujados a la muerte por la injusticia y la estúpida maldad de los hombres.

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