PERSIGUIENDO UN SUEÑO

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Cuando yo tenía unos doce o trece años, le dije a mi madre: – He descubierto mi vocación. Quiero ser escritor.

– Hijo mío – respondió ella, con expresión triste –, tu padre es informático. Es un hombre lógico, razonable, con una visión precisa del mundo. ¿Sabes tú lo que es ser escritor?

– Alguien que escribe libros.

– Tu tío José Ignacio de Arana, que es médico, también escribe libros y ya ha publicado unos cuantos. Estudia Economía y ya tendrás tiempo de escribir en tus ratos libres.

– No, mamá. Yo sólo quiero ser escritor, no un economista que escribe libros.

– Pero, ¿has conocido ya algún escritor? ¿Has visto a un escritor alguna vez?.

– Nunca. Sólo en fotografías.

– Entonces, ¿cómo sabes que quieres ser escritor, sin saber exactamente lo que eso significa?

Para poder responder a mi madre, decidí hacer una investigación. Esto es lo que descubrí sobre lo que era ser escritor a mediados de los noventa:

a) Un escritor siempre usa gafas y no se peina bien. Pasa la mitad del tiempo enojado con todo y la otra mitad deprimido. Vive en bares, discutiendo con otros escritores con gafas y despeinados. Habla de una forma difícil de entender. Tiene siempre ideas fantásticas para su próxima novela y detesta la que acaba de publicar.

b) Un escritor tiene el deber y la obligación de no ser comprendido jamás por su generación… o nunca llegará a ser considerado un genio, pues está convencido de haber nacido en una época en la que impera la mediocridad. Un escritor siempre hace varias revisiones y cambios en cada frase que escribe. El vocabulario de un hombre común y corriente se compone de 3.000 palabras; un verdadero escritor jamás las utiliza, ya que existen otras 189.000 en el diccionario y él no es un hombre común y corriente.

c) Sólo otros escritores comprenden lo que quiere decir un escritor. Aún así, detesta en secreto a los otros escritores, ya que se disputan las mismas oportunidades que la historia de la literatura brinda a lo largo de los siglos. Conque el escritor y sus pares se disputan el trofeo del libro más complicado: se considerará el mejor al que consiga ser el más difícil.

d) Un escritor entiende de temas cuyos nombres asustan: semiótica, epistemología y neoconcretismo. Cuando desea sorprender a alguien, dice cosas así: “Einstein era un burro” o “Tolstói es el payaso de la burguesía“. Todos se escandalizan, pero repiten a los otros que la Teoría de la Relatividad está equivocada y que Tolstói defendía a los aristócratas rusos.

e) Un escritor, para seducir a una mujer, dice: “Soy escritor“, y escribe un poema en una servilleta: siempre da resultado.

f) Gracias a su inmensa cultura, un escritor siempre consigue un empleo de crítico literario. Ése es el momento en el que demuestra su generosidad, escribiendo sobre los libros de sus amigos. La mitad de la crítica está compuesta de citas de autores extranjeros; la otra mitad son análisis de frases, empleando siempre términos como “el corte epistemológico” o “la visión integrada en un eje correspondiente“. Quien lee la crítica comenta: “¡Qué persona más culta!”, y no compra el libro, porque tampoco va a saber cómo continuar la lectura cuando aparezca el corte epistemológico.

g) Cuando le piden que diga qué está leyendo en ese momento, un escritor siempre cita un libro del que nadie ha oído hablar.

h) Sólo existe un libro que despierta la admiración unánime del escritor y de sus pares: Ulises, de James Joyce. El escritor nunca habla mal de este libro, pero, cuando alguien le pregunta de qué trata, no consigue explicarlo con claridad, de manera que hace dudar de que realmente lo haya leído. Es un absurdo que el Ulises nunca sea reeditado, ya que todos los escritores lo citan como una obra maestra; tal vez se deba a la estupidez de los editores, que desaprovechan la oportunidad de ganar mucho dinero con un libro que todo el mundo ha leído y apreciado.

Provisto de todas esas informaciones, volví a hablar con mi madre y le expliqué exactamente lo que era un escritor. Ella se quedó un poco extrañada.

– Es más fácil ser economista – dijo –. Además, tú no llevas gafas.

Pero yo ya estaba despeinado, tenía un buen puñado de libros en la estantería y algún otro bajo el brazo, estudiaba a los clásicos y estaba decidido a leer Ulises a toda costa. Hasta el día en que apareció mi primer amor, que me retiró de la búsqueda de la inmortalidad y colocó de nuevo en el camino de las personas comunes y corrientes.

Eso me hizo recorrer muchos lugares y cambiar más de ciudad que de zapatos, pero entonces apareció José Ángel Ciudad con la propuesta de un nuevo libro, Mega Drive Legends, en el que se incluyen recordatorios no sólo de grandes juegos, sino reflexiones e historias que concebimos junto a autores de probado prestigio como Raúl Montón o José Antonio Moreno, mientras recorríamos determinada etapa en nuestras vidas.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.