R-TYPE DELTA

La principal misión de R-Type Delta era pilotar la nave de combate con un margen de error equivalente al filo de una navaja, lo cual atribuía al título cierto aire intelectual, aunque para beneficio propio.

Alejándose de los estilos de juego y multiplicadores de puntuación cada vez más oscuros de sus coetáneos, esta serie se define por la rigidez de sus pautas de memorización.

Y si la cuarta entrega retiene la pureza de sus predecesoras, también incrementa la amplitud, si no la profundidad, de las decisiones del usuario.

Saber interpretar el ritmo de Delta, y afilar el sexto sentido del aficionado para anticiparse a esa inocua bala que puede costarle la partida, sólo es la mitad del juego.

El resto consiste en manejar y priorizar determinadas armas y combinarlas con velocidad.

Es un matamarcianos de espíritu contemplativo, qué duda cabe, con un austero diseño de producción que dota a la serie de una densidad temática casi lírica; una especie de haiku de los shoot’em up que halla su culminación en 2.004, con la entrega de R-Type Final.

En cualquier caso, las etapas de R-Type Delta se estudian de forma aislada: ciudades abandonadas, estaciones árticas o gélidas profundidades del mar y del espacio.

Como un documental de vida submarina, su atractivo desemboca en la fascinación, con contrastes tan marcados entre el metal y la carne, la seguridad y la mutación, que harían las delicias del propio Cronenberg.

Menudeces aparte, el juego utiliza el sistema poligonal en 3D con la misma genialidad, capturando los maliciosos obstáculos bajo el agua, o el tránsito hacia la gravedad cero.

R-Type Delta, siniestro y autorreferencial – los últimos momentos de la entrega final recuperan incluso la pantalla inicial de selección de naves -, enriquece la totalidad de la serie.

Lo que no es decir poco, precisamente.

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