RASTAN

Son innumerables las ocasiones en las que las industrias del cine y los videojuegos han cruzado sus caminos.

Tal fue el caso protagonizado por un personaje al que daba vida un actor austriaco de largo apellido y, hasta entonces, escaso bagaje.

El año 1.982 fue testigo de la llegada de Conan el Bárbaro, película que recreaba las aventuras de un guerrero creado cincuenta años antes y cuyo elemento natural había sido el cómic.

Arnold Schwarzenegger fue el elegido para protagonizar el filme y desarrolló un papel que le lanzaría a la fama y para el que parecía hecho a medida, algo que se confirmaría dos años después con la llegada de Conan el Destructor.

Aunque no de manera instantánea, estas dos producciones sirvieron de inspiración a numerosos videojuegos en años posteriores, y el título de Taito fue uno de los mejores que salieron de esa fuente de creatividad.

Lanzado en 1.987 y ambientado en un mundo de fantasía poblado por hostiles criaturas y repleto de difícilmente salvables obstáculos, en Rastan nuestro protagonista tenía como misión acabar con un poderoso dragón y para ello debía recorrer seis niveles, divididos a su vez en dos partes cada uno, para rematarlos con el correspondiente jefe final.

El desarrollo era tan sencillo como avanzar hasta la salida del nivel y acabar con la gran variedad de enemigos que salían al paso, empleando para ello nuestra espada o una de las tres potentes armas que podíamos recoger en el camino y cuya duración estaba limitada a cierto tiempo.

Pero lo cierto es que Rastan presumía de una alta dificultad.

Moríamos cuando se reducía a cero nuestra barra de energía o bien al tocar zonas de agua y fuego – aunque paradójicamente una gran caída no nos hacía daño alguno -, y la combinación de hack and slash y plataformas requería del jugador gran precisión en el salto para evitar peligros y trampas, más buenos reflejos de cara a esquivar enemigos y proyectiles.

Esto quizá podría haber echado para atrás a buena parte de los aficionados que probaron su fórmula, pero Taito supo añadir unos gráficos detallados y con buen uso del color, una banda sonora un tanto repetitiva pero de muchísima calidad, y cierta variedad de objetos secundarios.

Además, los movimientos del héroe eran rápidos y versátiles, detalle que contribuía a hacer de este un título muy dinámico.

Dicho lo cual, es justo reconocer el gran trabajo que hizo la compañía japonesa con Rastan.

No innovaba en nada, era simple e incluso el hecho de no tener un mueble arcade dedicado – sólo se distribuyó como kit – parecían indicios de que acabaría pasando desapercibido como un producto menor; pero la jugabilidad que se obtuvo de la perfecta mezcla de sus componentes contradijo a quienes lo juzgaron prontamente y acabó, como toda recreativa de referencia, siendo portada a diversos ordenadores y consolas.

Eso sí, a día de hoy seguimos haciéndonos la misma pregunta: ¿a quién se le ocurriría la salvaje idea de no poder continuar si moríamos en el último nivel?.

SUERTE HOGAREÑA DISPAR

Como casi siempre ocurre, las conversiones del original abarcaron un amplio rango de resultados.

La Master System de SEGA tuvo su ración de Rastan gracias a una altamente modificada versión del juego – con niveles más cortos y rediseñados, más uno extra -, la cual además exhibía algunos cambios con respecto a la jugabilidad del arcade.

En el Spectrum disfrutamos de una adaptación más que correcta gracias a sus grandes sprites y buenas animaciones – a pesar del mareante scroll -, y la mejor de todas fue la que visitó el Apple IIGS debido a su elevado parecido con la recreativa.

El caso más especial – y grave – fue el de la mediocre conversión para Commodore 64, ya que un bug en un salto durante el cuarto nivel impedía continuar y finalizar el juego, algo sólo posible en su día utilizando un Action Replay y actualmente empleando una copia reparada del título.

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