RECUERDOS DE JUVENTUD

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Ocurrió hace demasiado tiempo.

Más de un cuarto de siglo, que se dice pronto.

Para un mozalbete fascinado por los salones recreativos, las calles de Valencia eran un territorio propicio.

A veces me escapaba de clase aprovechando la hora del recreo, e iba a uno de aquellos antros, respirando su olor característico mientras escuchaba los reclamos de cada máquina y algunos muchachos aporreando con entusiasmo los botones.

Pasaba así el resto de la mañana, entre los chavales quietos y a menudo silenciosos, mientras otros se agrupaban alrededor con los ojos fijos, aguardando para contemplar cualquier hazaña.

Siempre me fascinó la entrega y devoción de esa gente, y yo, dispuesto a creer que todos eran jugadores curtidos en mil batallas, con las manos encallecidas, que rumiaban sus nostalgias.

Por supuesto, me quedaba junto a ellos, poniendo cara de tipo duro y sintiéndome uno más, soñando con alcanzar aquellos niveles que, debido a mis carencias como jugador, aún tenía vedados.

Fue por entonces cuando conocí a Tono – “Tonete” para los amigos -, cuya noble camaradería tanto influyó en mi vida.

Y con él, a muchos otros aficionados, típicos de una época desaparecida en este siglo de alta definición y frías partidas online.

Fue en lugares así donde, aún sintiéndome criatura y con el poco dinero que mis padres me asignaban, descubrí algunos clásicos que hoy me fascinan, cuyo recuerdo me acompañará siempre y suelo asociar con gente muy querida, que además contaba historias formidables sobre esta industria a la que tanta pasión le profesamos.

Ya no hay sitios así, como digo, ni gente como aquella, capaz de buscarse la vida para alargar una tarde con sólo unas pocas monedas.

Uno de mis recuerdos más vivos corresponde a un episodio concreto, e ignoro por qué se me fijó en la memoria.

Aquel día había un grupo de extranjeros tanteando las coin-ops del lugar, y cerca tres o cuatro individuos de esos que nunca sabías qué hacían por allí: jovencitos que rozaban la mayoría de edad, morenos, con el aire curtido.

Fumaban y reían con cierto desparpajo, y se comunicaban con aquellos recién llegados mediante señas.

En ésas, uno de los parroquianos habituales sacó algunas monedas del bolsillo, e invitó al forastero que tenía más cerca.

El chaval se acercó a la máquina – de Blood Bros, si mal no recuerdo – y tras jugar varios minutos, admirado y riendo, se ofreció a costearle otra partida a su inesperado acompañante en la coin-op de Sunset Riders, ya considerado todo un clásico moderno.

Entonces, el español, hizo algo que me cogió desprevenido, y quizá por esa razón permanece anclado en mis recuerdos.

Con ademán despectivo, muy masculino y superior, tras pasarse el juego, con la cabeza inclinada y la mirada impasible, dijo: “para principiantes”.

Y yo, admirado, con toda la inocencia mundana, pensé que cuando fuera mayor querría ser capaz de una proeza semejante.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.