REPORTAJE ESPECIAL ALIENS, PARTE 1

Existen ciertas similitudes entre la amenazadora criatura concebida por los ilustres Dan O’Bannon y Ronald Shusett, y diseñada por el afamado H.R. Giger, y los videojuegos basados en los primeros largometrajes de la longeva saga.

Una relación que, dicho sea de paso, tampoco está exenta de algunas contradicciones de las que bebe el consagrado “Alien, el octavo pasajero“, magistralmente dirigida por Ridley Scott en pleno 1.979.

De entrada, nos encontramos con una suerte de monstruo caracterizado por múltiples elementos abstractos, e incluso insondables podríamos asegurar.

Su diseño recuerda vagamente a las obras de Howard Phillips Lovecraft; su denominación genérica no hace sino acentuar lo indefinido del personaje – recordemos que “alien” equivale a decir “extraterrestre” en términos generales, pero también puede aplicarse a otras definiciones no menos intrigantes, como “extranjero” o “ajeno” en un sentido figurado -; y sus rasgos externos más visibles toman como referencia varios de los terrores ancestrales intrínsecos a la condición humana, tales como determinados insectos, con especial protagonismo de las horrendas cucarachas.

Eso por no mencionar su agresiva fisiología – con dos poderosas fauces, carente de ojos y ácido que cumple la función de sangre -, y su aparente inmunidad ante los desesperados ataques de las sufridas víctimas.

En definitiva, nos encontramos frente al monstruo definitivo.

Respecto a las películas propiamente dichas, tuvieron el acierto de mostrar por vez primera el proceso al completo de gestación y crecimiento del temido ser, y hacer partícipe al espectador de cómo los denominados Facehuggers introducen el embrión dentro del huésped, su nacimiento extremadamente violento, y acelerado crecimiento hasta la edad adulta.

Probablemente renegando del sugestivo concepto de autogeneración – que lógicamente derivaría en la práctica inmortalidad de su especie -, la continuación directa del film original, bautizada para la ocasión como Aliens, introdujo una nueva incógnita dentro de la ecuación: el componente de la Reina.

Así pues, aquellas películas – en especial si nos referimos a la entrega inicial – consiguen un equilibrio ejemplar entre revelar toda la verdad y su completa ocultación; entre el enigma relacionado con la propia naturaleza del engendro espacial, y el análisis meticuloso y casi biológico de su ciclo natural.

Con los títulos inspirados en las homónimas versiones cinematográficas ocurre poco más o menos lo mismo: conviven en una perfecta contradicción entre las limitaciones técnicas de la época, y la necesidad de mostrar al público una atmósfera sobrecogedora, intrigante y opresiva.

Precisamente por ello bien podrían considerarse como recomendables aproximaciones al género de terror en los videojuegos, pues muestran un especial énfasis por generar esa desconfianza y, al mismo tiempo, consiguen transmitir una completa ignorancia sobre un monstruo del que, en realidad, ya se sabe todo al detalle.

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