RÉQUIEM POR DANNY WELLS

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Me desconcertó el rostro de estupor de mi amigo: desencajado, incrédulo.

Como si le estuviera gastando una broma pesada.

– ¿Que Danny Wells ha muerto dices?, ¡Eso es imposible!.

Insistí en el asunto.

No sólo es posible que la gente muera, sino que, mal nos pese, ocurre con lamentable frecuencia y puntual seguridad; no necesariamente a largo plazo.

El llorado actor, muy unido al mundo de los videojuegos y estrechamente ligado a Lou Albano, ha fallecido recientemente, coincidiendo con la caída del insigne Nelson Mandela.

Algo muy doloroso, en efecto.

Triste e inesperado para todos los que disfrutamos en mayor o menor medida con aquel largamente recordado Super Mario Bros Super Show.

Pero en cuanto a hecho, a suceso concreto, resulta real o inapelable.

También un día te tocará a ti. Y a mi – añadí -.

– ¡No digas barbaridades!.

Me quedé dándole vueltas a este último comentario y, como ven, todavía sigo en ello.

Huelga decir que mi amigo, el del comentario, es un hombre culto, con sobrado sentido común.

Con esa madurez que otorgan los años y la vida.

Y, no obstante, la posibilidad de caer fulminado de un día para otro se le antoja una barbaridad.

Mi queridísimo camarada finalizó su carrera en una prestigiosa universidad privada de Valencia, bastante selecta debido a su elevado coste, pues resulta ciertamente prohibitivo para las clases medias.

Tiene una cuenta bancaria en condiciones, y está planeando el día de su boda con su futura esposa.

Tiene, como suele decirse, toda la vida por delante.

Goza de buena salud, y vive en un mundo confortable y de colores suaves.

Dolor y muerte son palabras distantes, ajenas, escritas en un idioma desconocido.

Tan sólo deberían pronunciarse respecto a otros.

Es curioso.

Nos comportamos, vivimos y conversamos como si no tuviésemos fecha de caducidad, atrincherados en una barricada de eufenismos, mirando el reflejo de nuestros esbeltos cuerpos Danone como si estos fueran perennes.

Términos como sufrimiento y defunción están desterrados de nuestro vocabulario.

Pasamos por el mundo y por la vida como si nunca tuviésemos que acercarnos a la orilla de ese río de aguas negras y cuerpos marchitos que todos hemos de franquear tarde o temprano.

El sufrimiento, la vejez y, en última instancia la muerte, no guardan relación con nosotros.

Parecen patrimonio exclusivo de tipos marginados, de esos que aparecen en los telediarios, los que se ahogan en pateras cruzando el estrecho, y un largo etcétera.

En cambio, nosotros somos guapos, fortísimos, sanos e inmortales.

Pero voy a confiarles un secreto: la vida es un cartón de bingo en el que siempre nos cantan línea antes de tiempo.

Shigeru Miyamoto va a morirse un año de estos.

Y Hideo Kojima.

Y Jade Raymond, con ese cuerpazo que Dios le ha dado, haciendo temblar los vídreos de los escaparates a su paso en cada feria del videojuego.

Y Yuji Naka, Peter Molyneux, John Carmack, Fumito Ueda, Hironobu Sakaguchi, Ed Boon, John Tobias, Koji Igarashi, Jordan Mechner, y el que suscribe.

Ninguno de los citados seguirá vivo, seguramente, en el año 2.080, que se encuentra, prácticamente, a la vuelta de la esquina.

Tampoco crean que van a escaparse ustedes mismos, porque en esta rifa todos llevamos papeletas.

Pero esto, que parece tan obvio, vivimos sin pensarlo, e incluso sin asumirlo.

Vivimos en un mundo analgésico, tranquilo y seguro.

Nos drogamos con lo mucho que nos queremos a nosotros mismos.

Somos, qué diablos, la biblia en verso, a cámara lenta, y con banda sonora de fondo.

Craso error, pues nuestro certificado de garantía es más frágil de lo que imaginamos.

Deténganse por un momento a leer la letra pequeña: basta con saltarse un sólo semáforo, ir a sacar dinero y cruzarse en el camino de cualquier navajero con el pulso alterado, que un virus roce nuestra piel, y todas las variantes que ustedes quieran.

Y entonces desaparecemos.

Pasamos a mejor vida y a ninguna en absoluto.

Y llegado el día, le dices a tu amigo: “¿Sabes que Danny Wells ha muerto?”.

Y el otro, acostumbrado a escuchar su voz en títulos como Splinter Cell Chaos Theory o Wizardry 8, y a verlo desfilar por la serie policiaca de Rocky Blue, te responde: “¡Imposible!”.

Como si yo fuera un completo gilipollas, y esa ordinariez no pudiera ocurrirle a él.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.