REZ

A priori, Rez podría parecer un experimento estrafalario, casi absurdo, aunque nadie pondría en entredicho su evidente valor artístico.

Quizá este fue uno de los factores que impulsaron su desmesurado éxito entre las mujeres aficionadas al género.

Una posibilidad, dicho sea de paso, que el afamado autor Tetsuya Mizuguchi pasó completamente por alto.

Si atendemos a sus propias palabras: “Rex es una experiencia, una fusión entre la luz, las vibraciones y el sonido llevada a cabo mediante la sinestesia“.

De esta forma describía el bueno de Mizuguchi, que por aquel entonces trabajaba en SEGA como desarrollador, este singular matamarcianos psicodélico, donde el universo informático y alucinógeno se nutre de fuentes tan heterogéneas como la obra de Kandisky – cuyas pinturas están además claramente influenciadas por la música – y Tron, el aclamado largometraje de Disney que vio la luz a en los albores de los años ochenta.

Asimismo, la sinestesia bien podría explicarse como la sensación resultante de la interección de múltiples percepciones.

Y esta es precisamente la razón de ser de Rez, un matamarcianos de corte clásico cuyo argumento recuerda, salvando las distáncias, al legendario Panzer Dragoon concebido en el seno de la misma compañía.

Por otra parte, uno de los mayores alicientes del título que nos ocupa consiste en que cada disparo da lugar a un sonido, que a su vez precede a un efecto visual y una agradecida vibración en el mando, originando así una experiencia musical y lúdica incomparable.

Con todo, el propio Tetsuya jamás imaginó que este compendio de sensaciones alcanzase semejantes cotas de adicción, en parte posibles gracias a la comercialización de un afamado pack formado por el programa y el denominado trance vibrator; un utensilio similar a cualquier ratón, capaz de transmitir vibraciones mucho más penetrantes que los habituales mandos de consola.

De hecho, al poco tiempo de ver la luz fue descrito por el atareado productor como “un artilugio que se puede colocar allá donde se quiera: bajo el pie, la espalda, la caderas…
Todo queda a la imaginación del usuario“.

No tardó en descubrir que su creación, concebida como un juego que aunaba la música y el movimiento, sería aplicada con otros fines bien distintos, especialmente entre el público femenino.

Basta con decir que el trance vibrator pasó a convertirse en una herramienta de índole sexual, a la que se le daba un uso ciertamente particular…

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