RIDGE RACER 64

Ridge Racer es uno de esos nombres que con sólo mentarlos ya provocan en el jugador un estremecimiento total.

Perdió por poco en su particular combate recreativo contra Daytona USA, pero en PlayStation arrasó sin contemplaciones, convirtiéndose en un clásico entre los clásicos.

Uno de los reyes de los simuladores de conducción, que también pudimos disfrutar en Nintendo 64.

Y es que sobrevolar los nutridos campos en los que Namco cultivó sus mejores clásicos es un placer que empezó a repetirse paródicamente, y que para deleite de todos los aficionados no limitó sus tentáculos a las máquinas de Sony.

Respecto al título que nos ocupa, Ridge Racer 64, es la versión mejorada y aumentada de dos joyas que vieron la luz en PlayStation durante los años 95 y 96.

El primero, llamado Ridge Racer a secas, era como la coin-op pero con algunos modos adecuados al uso doméstico: coches que conseguir a base de ganar carreras y circuitos que completar con distintos trazados para acceder a niveles superiores.

Esta fórmula se repitió en el apodado Ridge Racer Revolution, pero cambiando radicalmente el modo de control de los vehículos y sacándose de la manga una dificultad casi infernal.

No obtuvo el mismo éxito que su predecesor, aunque técnicamente era superior.

Y llegamos, casi un lustro después, al logro que Nintendo alcanzó gracias a la licencia de Namco.

Un título que aúna las dos concepciones anteriores y que se inventa una tercera a la medida de la consola de Mario.

Así pues, Ridge Racer 64 es un compendio de carreras que podemos calibrar como más nos guste: desde el modo de control de los coches hasta el sistema de colisión, todo puede ser programado para personalizar cada competición.

De esta manera, se contenta a los que derraparon como locos con la recreativa y a los que prefirieron el uso de la palanca de cambios subiendo y bajando las marchas según las necesidades del circuito.

En esencia, Ridge Racer es un juego donde la manera de conducir es más importante que la potencia del coche que manejamos, donde la maña tiene más utilidad que la fuerza.

Y es que si nos hacemos con un coche potente y una maniobrabilidad descomunal, de no controlar sus derrapes o los tiempos de frenado no seremos capaces de abandonar el humillante 12º puesto del que partimos.

Nintendo ha cogido todas esas ideas y las ha calcado para su flamante cartucho: no ha dejado títere con cabeza a la hora de hacerse cargo de lo bueno y desprenderse de todo lo malo – si es que había algo -.

Entre lo rescatado podemos enumerar los circuitos – ahora los podemos ver a todo color y sin molestas pixelaciones de PSX -, las competiciones, los mentados tipos de control y la sensación de velocidad y vértigo.

Lo que hemos perdido con esta conversión han sido los maravillosos tiempos de carga del CD – ya no podemos disfrutar de los antológicos Galaxian y Galaga – y las sinuosas melodías de los dos Ridge Racer.

Lo uno por lo otro.

De todos modos, para quien no haya conocido ninguna de esas versiones en PlayStation, todo esto le sonará a chino y únicamente querrá saber si Ridge Racer 64 merece la pena.

La respuesta es sí, y no sólo por el nombre y las compañías que le avalan, sino por la cantidad de horas de juego real que ofrece: una vez que nos hacemos con el control de la máquina y completado todos los modos hasta sacar coches y circuitos nuevos, la diversión vuelve a arrollarnos cuando intentamos rebajar el crono en cada vuelta.

Efectivamente, el tiempo, ese ente al que Einsten calificó como relativo, es la razón por la que nos entregaremos, acelerón tras acelerón, hasta que nuestras marcas se coloquen por debajo de lo humanamente posible.

Ahí radica la principal virtud de Ridge Racer 64: una vez que nos contagia su velocidad ya no podremos soltarlo en mucho tiempo.

Nintendo, básicamente, y Namco nos brindan la posibilidad de jugar con un clásico recreativo y doméstico que no tiene competidor posible en ese descampado de velocidad al que tenían sumida nuestra Nintendo 64.

Únicamente World Driver Championship podía hacerle frente, pero ni su nombre ni sus opciones estaban a la altura de uno de los mejores cartuchos existentes en su género.

Claro que los rallies eran otra historia.

CAMBIA LOS COLORES

Cuando seleccionamos un coche para competir, accedemos directamente a un menú donde podemos calibrar los tonos de la carrocería o de algunas líneas que la florean.

No es que sea una opción muy original, pero al menos sirve para hacer más personales nuestras carreras.

MODO DE CONDUCCIÓN

Tan importante como los colores de los coches o las carreras, es el modo de conducción: el Classic se basa en los derrapes del primer Ridge Racer, el Revolution tira más al control de las marchas y a una buena frenada antes de entrar en las curvas, mientras que el RR64 hace una mezcla de ambos.

Los choques de la saga Ridge Racer – desesperantes para muchos – se vuelven a repetir de la misma forma y manera, aunque este Ridge Racer 64 nos da a elegir entre colisiones totales – donde prácticamente nos paramos – y progresivas – el coche baja levemente la velocidad, pero le cuesta muchísimo más recuperarse y acelerar -.

CAR ATTACK

Cuando ganamos tres carreras dentro del mismo sector de competición, podremos descubrir otros tantos coches nuevos.

A diferencia de otros juegos, para poder pilotarlos tendremos que derrotarlos antes en su propio circuito.

De esta manera, cada uno de los circuitos del juego tiene que ser recorrido dos veces: una para descubrir el coche en el modo Grand Prix y otra para derrotarlo y unirlo a nuestra escudería particular.

PROS Y CONTRAS

Es mejor que los originales y aporta nuevas maravillas…

… Aunque se echa en falta algún circuito más.

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