SCOTT PILGRIM VS. THE WORLD

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El cómic de Brian Lee O’Malley ha gozado de dos traducciones a otros dos medios como supernovas de amor.

La primera es la película de Edward Wright, un fenómeno visual en que el director da una de las mayores lecciones de cómo adaptar los logros del lenguaje del videojuego al cine – la otra es Speed Racer -.

La segunda, esta joyita de Universal Studios en la que Paul Robertson da un recital de animación, referencias y cariño hacia el brawler cenutrio ochentero.

El descargable sigue al pie de la letra la trama principal: eres Scott Pilgrim, un tanto alelado, un poco mono, un desastre con la vida y el triple de inútil con las mujeres.

Pilgrim es un protagonista Frankenstein.

Está diseñado a partir de los puntos en común del peterpanista contemporáneo: no tiene un trabajo estable, no tiene su vida en orden y no tiene ni por asomo idea de cómo conciliar su cerebro adolescente con las exigencias de la vida adulta.

Pero tiene un grupo de punk, un entrenamiento sobrehumano en los 8 bits, un puñado de tebeos y el mismo arrojo del primer Link.

Scott Pilgrim somos casi todos.

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La chica del pelo de colores, Ramona Flowers.

Una indie girl con más carretera que Scott y todos sus amigos, y un problema para que florezca el amor: sus siete ex malvados, la metáfora última de lo crío que es Scott y ese deseo que hemos tenido todos en algún momento de erradicar a los ex de la memoria de nuestras parejas – o de la nuestra, incluso -.

La ejecución de este canto a la adolescencia marchita es, evidentemente, un juego de hostias.

Un brawler lateral en el que recorremos bellísimas recreaciones de escenarios donde las referencias se suceden entre puñetazo y puñetazo: desde los videojuegos de Nintendo hasta los Guitar Hero; desde Akira hasta metaguiños sobre el propio cómic – aprovechando que el material original hace lo propio con los videojuegos -.

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Scott Pilgrim Vs. The World: The Game, no es el mejor pega-pega de los últimos años, pero sí el más bello y, sobre todo, se trata del primer tratado occidental de amor al medio y a la metarreferencia, a la altura de los Parodius o de la continuidad estética de Capcom.

Scott Pilgrim también es el embajador mainstream de toda una corriente de jóvenes creadores que decidieron que ya iba siendo hora de rendir tributo a dos generaciones de videojuegos: hace frontera con Braid, con Super Meat Boy, con Castle Crashers…, con, en definitiva, un grupo de valientes con el mismo espíritu que el protagonista que decidieron enfrentarse a su manera a los siete ex malvados: un sector del videojuego que en la última década, decidió por nosotros que ya no habría brawlers, ni plataformas, ni matamarcianos, ni tantos géneros que amábamos.

Cada puñetazo dibujado por Robertson es una metáfora – y entiende perfectamente las intenciones de O’Malley – de nosotros y de los creadores indies soltándole los piños a una industria de secuelas, colores apagados, fotorrealismo porque sí y cuatro variaciones de los mismos géneros una y otra vez.

La misma rebeldía que hay desde entonces en los kickstarter, en el empoderamiento de los jugadores cuando gritamos a la industria que jugaremos a lo que queramos y que los de marketing estallen en monedas de oro.

Scott Pilgrim Vs. The World: The Game, es nuestra Ramona Flowers.

VIOLENCIA PIXELADA POR AMOR

Ubisoft quiere hacerle arrumacos al indie y pone a Paul Robertson al frente de la adaptación del tebeo.

Igual que Wright y O’Malley retrataron sus obsesiones, Robertson da vuelta a las suyas.

Pero conste que esto no es un juego retro: ninguna máquina antigua podría sacar las minuciosas descargas de animación del título.

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