SI BREVE, DOS VECES BUENO

Boring Video Games Pixel Art Xtreme Retro

Llevo varias semanas sin jugar.

A títulos mastodónticos, quiero decir.

A Triples A de setenta horas o más.

Una necesaria desintoxicación del medio aprovechando los meses del frío invierno, que siempre vienen mal para sentarse frente a una consola, por apremios de tiempo y trabajo.

Ya, la mayoría de aficionados aprovechan estas fechas para acabarse los mil juegos que tenían pendientes, pero yo prefiero respirar hondo y dejar de jugar… al menos, a grandes juegos.

Nadie me quita ocasionales partidas con aquellas portátiles de toda la vida, alguna inevitable recaída con Mega Drive y, cómo no, unos cuantos devaneos con Super Nintendo, cuyo catálogo sigo exprimiendo con mucho gusto.

Mi adicción a Gain Ground y Granada me hace pensar también en un ligero cambio de paradigma en mi vida como jugador: la búsqueda de experiencias mucho más intensas, pero mucho más breves.

No hablo de una necesaria casualización de mis gustos, o de una deriva hacia los arcades clónicos porque me viene mejor jugar en el metro que en el sofá.

Sigo jugando en el sofá.

Y quien esté acostumbrado a disfrutar con los clásicos de antaño, sabe que sus experiencias no están pensadas para todos los públicos.

En cualquier caso, puede que derive de una serie de cambios en mi vida, pues sencillamente ahora dispongo de menos tiempo para jugar a lo que me gustaría – aunque por obligación sigo jugando a mastodontes -, y prefiero experiencias cerradas, partidas con principio y fin, ir desempolvando juegos que me desafían muy fuerte y permiten, a su vez, pasar semanas sin avanzar más que pasito a pasito.

Estoy encontrando la satisfacción en los pequeños progresos tras varios días intentándolo, y no en jugar diez horas seguidas para finiquitar una veintena de niveles a toda prisa.

No sé hasta qué punto, junto con el mío, está cambiando el paradigma de la industria con los videojuegos después de que móviles y tablets hayan abierto una brecha que, definitivamente, está tomando un camino distinto – más lucrativo, al que están saltando muchos estudios, pero decididamente con otros objetivos, recursos e intenciones – al de la industria tradicional.

Creo que por una parte, esos juegos instantáneos y olvidables algo han contaminado a los de toda la vida, porque las partidas rápidas ya no son sinónimo de accesibilidad o vulgaridad.

De hecho, lo que ahora se me antoja vulgar es deambular como un borrego por escenarios desolados en busca de una puerta que parpadee, o pulsando X cada vez que me encuentro con un secundario sin alma para que me suelte una soplapollez pretendidamente ambiental, que para lo único que sirve es para que yo resople y me rasque la melena.

Lo he experimentado con una reciente partida a Lego Batman 3, un juego, una franquicia que tiene todas mis simpatías, pero oiga, no: nunca me pareció especialmente emocionante recorrer escenarios inmensos rompiendo todas las mesas del nivel, pero ahora menos que nunca.

Es más, también probé Gravity Rush, y aunque entiendo el entusiasmo y los elogios, me cuesta establecer un diálogo con mi yo del pasado, el que también se habría entusiasmado con él cuando me acababa ocho o diez juegos al mes: ¿qué demonios le encontraba a combates en 3D con una detección de colisiones perfectible, o interludios sandbox que sólo sirven para alargar artificialmente la vida de un juego?

Quizás es un problema mío, pero cada vez que un usuario se queja de que un juego no dura suficientes horas para el dinero que ha pagado, se me antoja un pequeño fracaso.

La gente prefiere horas de relleno con mecánicas repetitivas y recursos sin imaginación que un buen zambombazo lúdico de veinte minutos a doscientos por hora.

Supongo que son formas de plantearse los juegos.

Quizás me están dejando de gustar los videojuegos, después de todo.

De lo que sí estoy seguro es de que me están dejando de gustar los que le gustan a toda esa comunidad de jugadores hardcore a los que, por distintas pero cada vez más abundantes y radicales razones, contemplo como a extraños.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.