SIEMPRE HAY ALGUIEN QUE SE OFENDE

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Cada vez resulta más difícil bromear sobre temas de rabiosa actualidad.

Dirán algunos que no hace falta recurrir a la mofa, y que cuanto más difícil lo pongan, mejor.

Pero dudo que tan edificante argumento sea del todo riguroso.

Tal y como anda el mundo, una saludable sonrisa o inocente burla es el único precio que muchos acaban pagando a cambio de la impunidad por los estragos que causan.

Escueto peaje, a fin de cuentas.

Además, para los que somos mediterráneos y se nos calienta con facilidad la boca o la tecla – al arriba firmante más la tecla que la boca, pero cada cual es muy dueño -, ésa es una manera como otra cualquiera de situarse ante las cosas.

Háganse cargo: el chiste fácil como punto de vista o como desahogo final, a falta de otras posibles contundencias.

Ultima ratio regum, etcétera.

Ante ciertos ejemplares de la especie humana, a muchos el comentario jocoso nos fluye solo, espontáneo, natural como la vida misma.

Aunque, en lo que a mí se refiere y en términos generales, lo cierto es que sólo bromeo por escrito.

En la vida real, fuera de este personaje cuyo talante y vocabulario me veo obligado a sostener desde hace siete u ocho años, soy un fulano más bien aburrido.

Pero les decía que cada vez se hace más cuesta arriba bromear, y es cierto.

Lo socialmente correcto exige encaje de bolillos para manejar la buena, sonora, rotunda e higiénica bufonada de antaño.

Uno ve en la pequeña pantalla cualquier anuncio de un partido político, por ejemplo, sin distinción de ideología que valga, y cuando salta como un tigre sobre el ordenador, dispuesto a comentar que deben ser fans de Metal Gear Solid – como quien esto suscribe, sin ir más lejos -, resulta que en realidad está hiriendo sensibilidades ajenas, produciendo todo tipo de daños colaterales y vulnerando los cada vez más estrechos límites del buen gusto, utilizando de un modo peyorativo la imagen de nuestra sacrosanta bandera.

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Y les hablo en serio, o casi, porque hace escasos días recibí algún tirón de orejas por ello.

Ciscarse en los muertos más frescos de tal o cual compañía debido a un trato mejorable, por poner otro ejemplo, ya se ha hecho imposible.

Si escribo sobre algunas malas prácticas que sufrimos los consumidores, quedándome corto, lloverán comentarios de aficionados respetables e ilustrados cuestionando, con razón, mi capacidad lectora o necesidad de estudiar concienzudamente la letra pequeña.

Lo mismo ocurre si enfatizo alguna marca en detrimento de otra, critico el juego de los amores de cualquier persona – ahí tienen a las últimas entregas de Sonic -, recurro a mi abyecto machismo o bien me da por hablar favorablemente sobre ciertas parejas homosexuales – incluso me llegaron a preguntar si era maricón por vicio o de nacimiento, a raíz de semejante artículo -.

El problema para quienes necesitamos contar cosas o expresar puntos de vista por escrito, es que las palabras y cuanto implican las imágenes que las acompañan están hechas exactamente para eso; para aplicarlas a la realidad o a la ficción, describiéndolas del modo más eficaz posible.

Y se antoja muy difícil expresar de otro modo la estupidez mundanal que nos rodea.

Dirán algunos que bastaría entonces con evitar las alusiones a los partidos politicos, las compañías desarrolladoras, las tendencias sexuales, los héroes del videojuego, los programadores, los aficionados y un largo etcétera.

Evitar, en suma, las bromas tradicionales, clásicas, de toda la vida.

Recurrir a eufemismos, llegado el caso, y así no sería necesario, entre otras, afear mi mal uso de una bandera.

Porque referirse a un camuflaje tan a la ligera es poco menos que una falta de decoro, argumentan algunos.

Una ofensa nacional, ya ven.

En fin, como suele decirse, siempre me quedará París, pero tampoco estoy muy seguro de que eso no extienda el círculo de damnificados.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.