¡SIGA A ESE “CRAZY TAXI”!

Crazy Taxi Sega Dreamcast Pixel Art PS2 Xtreme Retro

Le hago la señal al taxi tras ver su luz verde y el cartel de libre, y un segundo después compruebo que hay otra persona en el asiento contiguo del conductor: una mujer joven, de pelo castaño.

Demasiado tarde para dejar que el vehículo siga adelante, pues se detiene.

No es frecuente, pero ocurre: subir a un taxi a cuyo conductor acompaña, durante parte del trayecto, un pariente, novia, esposa o, en el caso que nos ocupa, una compañera de trabajo.

Al menos eso deduje.

No es agradable, pero tampoco hay mucho que objetar.

Rechazarlo sería descortés.

Así que, resignado, abro la portezuela, doy los buenos días y me acomodo en el asiento posterior.

A Dr. Ferran, número 8“, apunto.

Luego comienzo a leer un artículo maravilloso, extraído de una página memorable que acabo de descubrir.

Xtreme Retro o algo por el estilo se llama, creo.

El penúltimo capítulo de la saga HQ vio como los vectores, el texture mapping y el light sourcing enterraban en el olvido a rutinas legendarias, ya relegadas al pasado, como el scaling“.

El taxi arranca.

A los quince segundos compruebo que he cometido un error.

Por los altavoces suena un bakalao estremecedor, pumba, pumba, que retumba en mi caja torácica.

El taxista es joven, de la variedad macarra en versión posmoderna, con pelo verde, camisa abierta, tatuajes y actitudes incluídos, que conduce a base de frenazos bruscos y golpes de volante, saltándose carriles mientras me zarandea de un lado para otro.

Por si fuera poco, está encabronado con alguna compañía que responde al nombre de SEGA.

Te digo que no passsa nada“, le insinúa a la morena que va en el asiento de al lado, delante de mi, con el pelo largo agitándose a un palmo de mi nariz a causa del viento que entra por la ventanilla abierta.

Mientras, la otra le pone morros, y los llama cabrones por lo bajini.

Y a esos de SEGA – añade el taxista – les voy a dar dos hostias, a ver si aprenden a respetar sus propias licencias“.

A tales alturas, el drama humano que se desarrolla a cuatro palmos de mis orejas me impide concentrarme en la lectura.

Por fortuna, el esquema de juego permanece invariable…”, intento asimilar.

De pronto, el taxista hace otra maniobra brusca, frena, acelera, me doy contra el asiento de la morena y pasamos por centímetros entre un autobús municipal y un mensaka en moto.

No tengo ninguna prisa“, le digo con rentintín al taxista, que ya me tiene algo acojonado.

“¿Qué?”, responde el fulano, mirándome por el retrovisor.

Dice que no corras tanto, gilipollas“, le aclara la pava, flemática.

“¿De qué vas, tía?”, inquiere hosco el fitipaldi, mirándome de nuevo por el retrovisor como si me atribuyera la responsabilidad de la crisis.

Me sumerjo de nuevo en Xtreme Retro, o lo intento.

Y es que, tras saborear las mieles del éxito en 1.988…”.

Hay que joderse, me digo.

Veinte frenazos, ocho golpes de volante y veintisiete zarandeos más tarde, con bakalao haciendo pumba, pumba, pumba, un tímpano descolgado y el otro flojo, y mientras la discusión entre la morena y su prójimo sube de tono, una maniobra absolutamente infame de mi taxista favorito hace que el conductor de una furgoneta increpe áspero a mi primo de pelo verdoso.

Desde mi privilegiado lugar de observación asisto, casi en primera línea de fuego, al intercambio verbal entre el taxista y el furgonetero, que tiene aspecto de inmigrante de los de toda la vida.

“¡Vete a cagar, mamonazo!”, sugiere el taxista.

“¡Hijoputa!”, responde bravo y sin achantarse el otro, que ya domina con soltura la dialéctica nacional.

El taxista hace amago de bajarse, pero la morena lo contiene.

Arrancamos de nuevo.

Otro acelerón.

La segunda parte vio la luz en 1.990, adaptando el sobrenombre de…”.

Al duodécimo frenazo tras el incidente de la furgoneta, bailan las letras y hace un calor infernal.

Tiene huevos: empiezo a sentir náuseas, yo que presumo de no haberme mareado nunca.

Mientras lucho por no vomitar y arrimo la cara a la ventanilla, abierta para que me de el aire, el pelo de la morena, agitado por el viento – pues seguimos circulando a toda leche mientras ellos discuten a grito pelado -, me roza la napia con muchas cosquillas.

Estornudo como un descosido, hasta dislocarme el esternón.

Y no llevo encima un maldito clinex.

“¿Resfriado?”, interroga la chavala, que por cierto se llama Gena, volviéndose solícita.

Alergia“, respondo moqueando, a punto de echarme a llorar.

Frenazo.

Fin de trayecto, gracias a Cristo.

Les arrojo el precio de la carrera y salgo del taxi de estampida, cual morlaco desde toriles, cayendo en los brazos acogedores de un peatón que pasaba por allí.

Y con un chirrido de neumáticos, el taxista arranca y se pierde en el horizonte, haciendo pumba, pumba, pumba, en busca de su próxima víctima.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.