SOBRE LA TRAYECTORIA DE BIG BOSS


Hideo Kojima es un autor ciertamente singular.
En sus obras se aprecia una inteligente y atemperada crítica social, camuflada ocasionalmente con buen humor y una ironía suave, muy bien matizada y poco agresiva.
Defiende con apasionamiento y sin excesiva dureza una visión romántica de los conflictos mundanos, pero sin descuidar los defectos personales de cada individuo, que en ocasiones parecen más atentos a las apariencias y signos externos que al valor real de los sentimientos, afectos o actitudes.
Este modus operandi se hace más evidente al contrastar en forma cómica y caricaturesca dichas posturas.
Pero además de lograr resaltar los contrastes existentes entre sus personajes con estos recursos, consigue una trama interesante en extremo – si bien esto se presta a múltiples discusiones -, ágil, fácil de entender – al menos en sus conceptos más básicos – y asequible para todo tipo de público.
El desarrollo argumental sigue uno de los patrones más repetidos en sus aventuras, al que Kojima resulta ser particularmente aficionado: el héroe se ve forzado a emprender un viaje para cumplir con una determinada misión.
Y hablando de héroes, no estará de más advertir que los protagonistas elegidos por el célebre creador se acercan a lo que se ha dado en denominar antihéroe, no a la tópica figura épica revestida de bélicos arreos y empujada y sostenida por nobles ideales.
Big Boss tiene más de Sancho que de Quijote, y el resto de la galería de los principales personajes “hideanos“, si se me permite la expresión, están encarnandos casi de forma invariable por hombres llanos, apegados a su forma sencilla de vida y particulares costumbres.
Snake Eater es una de las historias más representadas, y quizá también una de las más simbólicas y, al mismo tiempo, la más clarificadora para calar en el hondo pensamiento del sufrido protagonista.
Contrariamente a lo que cabría pensar, la primera misión relevante de Big Boss se antoja tensa y preñada de preocupaciones.
Soplaban vientos de guerra en todo el mundo y los presagios no parecían muy favorables a los intereses americanos.
Al final de su periplo, nuestro infatigable militar advierte que la catástrofe le afecta de modo directo y parece sentir la necesidad de hacer balance de lo que hasta entonces ha sido su vida y su carrera.
Resulta evidente que sentía cierta preocupación por la reacción, presumiblemente negativa, de su bienamada mentora por el tipo de acciones que se veía necesitado a cometer.
No parecía propio de un soldado legendario, capaz de resolver los conflictos más arriesgados, dejarse influenciar por sus propios sentimientos, que algunos podrían tildar de incalificables.
Pero no es ésta, que podríamos considerar causa menor, la que empuja a Big Boss a distanciarse del país al que una vez le juró lealtad.
Él está convencido de la relevancia de su esfuerzo, y es este convencimiento el que trata de compartir con los demás.
No hace falta, por tanto, mucho denuedo para descubrir en Big Boss al propio autor: la entrega a su vocación sin abandonar las obligaciones que tiene para con sus semejantes como miembro destacado de un equipo, y su intento de recrear a través de su trabajo la realidad espiritual a la que tendemos, e iniciar así la vía que nos lleva a simpatizar con un soldado herido, física y emocionalmente.
La labor de este personaje es, desde un punto de vista social, plenamente valida, pues sirve de nexo entre un mundo superior, esa región ideal que acabo de mencionar, y la fría y oscura realidad de nuestro vivir cotidiano.
No obstante, sus misiones no están exentas de mortíferos peligros; el camino a seguir es intrincado y, por si fuera poco, suscita y genera incomprensión en este mundo racionalista y utilitario que nos ha tocado vivir.
No son pocos los compañeros que critican al protagonista y no comprenden que también es arriesgado mantenerse al mando, expuesto a la atenta mirada de otros intereses.
La incomprensión y hostilidad de sus allegados es uno de los tributos que debe pagar todo aquel que destaca.
Kojima lo sabe perfectamente, porque en cierto modo es su caso, y trata en su obra de hacernos llegar su particular opinión sobre estos puntos.
Para él la fantasía de sus relatos supone el intento de acercarnos a ese reino virtual, y caminar sobre sus sendas equivale a un medio para lograr nuestra realización como personas y nuestro acercamiento y encuentro con toda la crudeza que en ellas se expone.
Afirma la validez del trabajo, cualquiera que sea su faceta, como fuente de enriquecimiento para la sociedad.
Por lo que respecta a las ideas que procura transmitir, cuestionadas por el utilitarismo de un mundo materialista y cerrado a la imaginación, defiende su validez a la hora de aportar una contribución positiva al bien común.
De todas formas, ni el derecho a la elección libre y personal de una actividad ni el reconocimiento de los valores de ésta por el resto de nuestros semejantes son los problemas que más preocupan a Big Boss en sus reiteradas correrías.
La guerra le ponía delante de una gran tragedia a la que desde siempre se ha debido enfrentar el ser humano: la frustración que supone saber que en cualquier momento, cuando menos lo esperamos, tendremos que abandonar la vida dejando detrás de nosotros nuestra obra inacabada, y que nuestras horas están pesadas, medidas y contadas, y nuestros esfuerzos por evitarlo son irremisiblemente vanos.
Estos mismos problemas se exponen en múltiples aventuras, conjugados en claves diferentes.
También nos encontramos con la defensa de unas determinadas actitudes ante la vida, con una reflexión muy personal sobre el cumplimiento del deber y con el fantasma del tiempo y su victoria inexorable sobre los mortales.
Pero desde 1.974 varían de forma sensible las coordenadas personales del valeroso solado y, como es lógico, el enfoque de los problemas también sufrió modificaciones que, si bien no afectan en profundidad a la ideología, si se hacen presentes en el tratamiento, desarrollo y exposición de los mismos.
Peace Walker fue publicado en junio del 2.010, y se nota cómo el paso de los acontecimientos ha redondeado las aristas del pensamiento juvenil.
Costa Rica se perfila como algo mítico, lugar de peregrinación, encuentro y enriquecimiento espiritual; aunque con una diferencia fundamental con respecto a Groznyj Grad; las profundas connotaciones emocionales, que en Big Boss suponen casi una pública confesión del amor que le profesa a The Boss, se encuentran en esta ocasión mucho más difuminadas.

Costa Rica no deja de ser un entorno que nos está paradójicamente vedado y al mismo tiempo abierto, y cuya exploración nos exige una auténtica dedicación y esfuerzo.
De nuevo nos encontramos aquí la idea del héroe elegido, pero elegido en razón de unas condiciones previas de receptibilidad y entrega a los demás.
Se insiste también en las servidumbres que esta elección acarrea y en el ostracismo al que se ve condenado el protagonista.
Sus incapacidades le hacen comprender mejor que nunca sus limitaciones, para que pueda afrontar, revestido de humildad, el trato con sus subordinados.
Gracias a esta humildad y consciente de que su trayectoria no es sino parte de un todo mucho más complejo, es capaz, llegado el momento, de cederle el relevo a sus sucesores.
Abordamos así otro punto cardinal en las producciones de Kojima: el tiempo.
Aquí se encuentra quizás una de las diferencias más notables entre esta narración y la anterior, tan coincidentes en otras facetas.
Cuando describe la angustia de Naked Snake, el héroe es un hombre joven, inmerso en el torbellino de una guerra y en el temor de enfrentarse a su mentora y dejar sin recoger la cosecha sembrada.
Sus convicciones le impiden la rebelión o la desesperación, pero no puede evitar que le atenacen la incomprensión, la angustia y el abatimiento.
En Peace Walker, sin embargo, la vida ha ido templando pasados ímpetus, haciéndole más tolerante y ampliando sus criterios.
Le ha preparado para el inevitable relevo que, a su pesar, asumirá el intrépido Solid Snake.
Su postura es más reflexiva, más meditada.
Si no hay resignación, hay al menos una voluntad inquebrantable.

No es, pues, de extrañar que predomine en él ese tono melancólico y opresivo que acompaña a las despedidas.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
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