SONIC 3D: FLICKIES’ ISLAND

Sonic 3D Blast Pixel Art Sega

El Dr. Ivo Robotnik vuelve a la carga en la otrora pacífica isla de los Flickies, donde pretende aprovechar en beneficio propio los poderes de estas amigables aves para construir su peculiar ejército de robots, con el que planea, una vez más, conquistar el mundo.

De esta manera tan prometedora comienza el añejo capítulo de la franquicia abanderado por Yutaka Sugano, en la calidad de productor, que dejó patente su buen hacer en el edulcorado programa.

Y para convertir esta experiéncia en algo único, Traveller’s Tales se atrevió a desafiar a los cimientos de la saga.

Por ello, contaron con la participación de Neil Allen, Dave Burton, Jon Rashid y Will Thompson, responsables de los modelos tridimensionales, y los magos del sonido Tatsuyuki Maeda, Seiroh Okamoto, Jun Senoue y finalmente el insigne Masaru Setsumaru.

Flickies’ Island – también conocido como Sonic 3D Blast en el territorio americano – continúa con la filosofía impuesta por aquel añorado Flicky, que tan hondo caló entre los afortunados usuarios de Mega Drive a principios de los noventa, y en los arcades de medio mundo, allá por el lejano 1.984.

Su peculiar mecánica sirve como punto de partida, cambiando el clásico esquema de plataformas en gloriosas 2D por una vista isométrica que no será del agrado de todos, pues sacrifica uno de los pilares fundamentales sobre los que se asientan la práctica totalidad de títulos protagonizados por el erizo: la velocidad.

Sonic 3D Flickies Island Mega Drive Pixel Art

No obstante, esta aventura presenta un apartado visual fastuoso, y mantiene inalterable el sobrado carisma de Sonic a modo de reclamo, dejando la acción repartida a lo largo de ocho extensas zonas a las que es preciso sumar las consabidas fases especiales, génerosas en número y variedad, que despuntaron en la versión de Saturn, donde se ganaron el favor incondicional por parte de la crítica y público.

Este es, a grandes rasgos, un juego de exploración, con escaso argumento y abundante acción, posible gracias a las hordas de badniks que pueblan cada nivel.

Aunque en manos de Traveller’s Tales siempre resulta algo más llevadera.

Por eso se gana un notable alto en su apartado audiovisual – basta con decir que algunas zonas son de una belleza artística casi inconfesable – y su depurada banda sonora, que antaño fue uno de los puntos fuertes de la saga.

Y otro notable, aunque más ajustado, en el terreno jugable por lo adictivo que resulta recorrer los más variopintos escenarios en busca de enemigos menores y espectaculares final bosses.

Los argumentos a su favor continúan si nos ceñimos a los niveles presididos por Tails o Knuckles, que en Mega Drive se muestran en pseudo-3D.

Lástima que su invariable desarrollo – que empuja hacia la búsqueda continua de Flickies – y su descompensado balance entre la belleza gráfica y su atípica propuesta lo conviertan en un buen representante del género, pero aún así otro capítulo menor de la serie.

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