SUPER CASTLEVANIA IV

El fantasma del Conde Drácula merodea por todas las entregas de Castlevania, pero en realidad estamos allí para visitar su morada.

Cuando los juegos de Castlevania no convencen – por ejemplo, en las entregas tridimensionales como Curse of Darkness -, es porque Drácula vive en un aburrido castillo de piedra.

En los mejores títulos, el castillo es en sí mismo el enemigo; una casa de los horrores terrorífica y desconcertante.

En este sentido, Super Castlevania IV sigue siendo una auténtica joya.

Resulta extraordinario el vertiginoso vestíbulo giratorio, en el que Simon Belmont salta de un bloque flotante a otro, mientras los muros cilíndricos del castillo rotan a su alrededor a una velocidad mareante.

Sin embargo, aunque el hardware de Super Nintendo se esfuerza por mantener el ritmo, cuando aparece un enemigo en pantalla la acción se ralentiza bastante.

Pero el principio del juego es claro: en el castillo no hay ningún lugar seguro; el resto de zonas son menos llamativas pero igual de diabólicas, como la caverna subterránea y empantanada en la que caen estalactitas.

Super Castlevania IV, en el fondo, no deja de ser una versión mejorada de los juegos anteriores, donde los niveles lineales están llenos de macabros jefes pequeños y grandes.

Simon puede hacer restallar el látigo en ocho direcciones, lo cual es muy útil contra los enemigos más irritantes y recurrentes de la serie, y las cabezas sin cuerpo de Medusa que siguen la trayectoria de una onda senoidal que son realmente eficaces para mandar al héroe a la fosa.

Claro que también hay poderes extra que fortalecen y alargan el látigo.

Después de este juego, la saga vampírica necesitaba una reestructuración, que llegó con el legendario Symphony of the Night.

No hace falta decir que Super Castlevania IV ha envejecido, pero Konami nunca ha podido igualarlo.

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