SUPER MARIO GALAXY (PARTE 1)

Si en algún momento hemos podido dudar, Galaxy nos devuelve la fe: Mario es el juego.

Super Mario equivale en el mundo del videojuego a mucho más que un simple icono cultural o una franquicia asociada a una plataforma.

Mario, a lo largo de los años y por méritos propios, ha sabido reinventarse, y su relevancia e influencia para el sector es equivalente a la ejercida por el monolito negro para el ser humano en 2.001: una Odisea en el Espacio.

Un punto de inflexión a estudiar.

MÁS ALLÁ DE LA INNOVACIÓN

Soy el primero en admitir que tras la presentación oficial de Wii, creí a pies juntillas que la revolución propuesta por Nintendo estaría perfectamente ejemplificada en el nuevo juego de Mario.

Nada más lejos de la realidad: como reivindicaré a lo largo del análisis, Super Mario Galaxy es un juego sublime, pero lejos de la simbiosis alcanzada entre Nintendo 64 y Super Mario 64, donde juego y plataforma fueron pensados irremediablemente el uno para el otro, sin prórrogas ni concesiones.

Ante todo, que no quede ninguna duda.

Super Mario Galaxy es todo un ejercicio de madurez y calidad por parte de Nintendo.

Un juego que ejemplifica a la perfección los estandartes de la compañía paralelos a Wii: si la consola busca una nueva interfaz, simplicidad y nuevos jugadores, Super Mario Galaxy muestra el oficio, imaginación y escala de producción clásica de la compañía.

Porque hasta que no controlemos a Mario por la galaxia no podremos apreciar la astronómica revolución que supone la gravedad en el videojuego, elemento hasta entonces bastante desaprovechado.

Nintendo ha demostrado conocer como nadie el lenguaje del videojuego durante más de tres décadas: introducciones cortas y concisas, donde los objetivos queden bien claros desde el primer momento, y las menores interrupciones posibles para disfrutar cuanto antes, con nuestro avatar, del entorno y sus posibilidades.

En el primer planeta que visitaremos, un excelso tutorial cuya dificultad irá en concordante crescendo, tendremos que, simplemente, mover a nuestro personaje por un precioso escenario.

Es un entorno que se aleja radicalmente de cualquier otro título similar, y obliga al jugador a comprender la nueva perspectiva de juego.

El control, de este modo, evita el conflicto con nosotros desde el primer momento, siendo preciso y accesible, aunque no será hasta unas horas de juego donde podamos manejar a Mario como lo que es: la perfecta representación del dinamismo en los videojuegos.

El movimiento de giro, la gran novedad respecto al control, exige un timing muy preciso que, si no logramos dominar, nos dejará vendidos ante los enemigos; lo que evita el uso egoísta del ataque.

El uso del puntero crea un segundo personaje inconsciente, con el que podremos recoger fragmentos de estrella y lanzarlos como proyectiles.

Aunque al principio parezca un estorbo, terminará siendo un arma de incalculable valor.

REVOLUCIÓN ESPACIAL

Pero en el fondo, todas estas características son propuestas de calidad como las que ha firmado la franquicia en sus más de treinta años de historia.

Donde Super Mario Galaxy dinamita metafóricamente el género es al perder el miedo al salto al vacío, buscando una abstracción constructiva.

El hecho de enviar a Mario al espacio no es baladí: en el onírico mundo donde se desarrolla la acción de Super Mario Galaxy hay opción a todo tipo de pesadillas con formato de plataformas imposibles, planetas que cambiarán nuestro punto de gravedad y fantasías visuales como esferas gigantes de agua flotando por el espacio.

Un prodigio técnico donde no me gustaría extenderme, aunque no hay duda de que es digno de mención: Super Mario Galaxy luce como ningún otro juego de Wii había brillado hasta entonces.

Toda una evolución de los estandartes visuales de la consola, a divinos 60 cuadros por segundo, pero eso sí, apoyado continuamente en una dirección artística excelsa.

Parece que Nintendo no se ha ahorrado ninguna de sus bazas y ha cargado este disco con toda la calidad y originalidad con la que solía firmar sus obras maestras.

Toda la producción del título está a un nivel que brilla por encima de cualquier juego coetáneo para Wii, incluyendo su magnífica BSO, que por primera vez está orquestada, dignificando la saga con tremendas versiones de los temas clásicos y aumentando el número de melodías inolvidables del universo Mario con nuevas composiciones.

La dinámica de los Marios en tres dimensiones sigue en Super Mario Galaxy, pero cómo no, amplificada y magnificada.

Desde que la franquicia se abrió a la tridimensionalidad también perdió cierto grado de pureza plataformera.

Saltar ya no era tan importante como explorar, elemento verdaderamente indispensable, ya que finalizar las fases no era el objetivo clave: lo realmente crucial era encontrar las estrellas por los escenarios.

El conflicto entre exploración o plataformas puras está muy diluido en este Galaxy, ya que el propio concepto de planetas herméticos, independientes y de diferentes tamaños, creará la necesidad de explorarlos de una forma natural y, por otra parte, los obstáculos obligarán al jugador a esmerarse más que nunca en superarlos.

Las populares fases retro de Super Mario Sunshine – título, por otra parte, muy reivindicable – vuelven aquí, pero integradas perfectamente en el desarrollo y aspecto artístico del juego.

Super Mario Galaxy, al no ceñirse a un desarrollo estético lineal, permite pasar de jardines preciosistas a manzanas gigantes o simples paisajes cubistas.

El momento más desconcertante, sin duda alguna, es cuando de un plumazo pasamos de atravesar lo que parecen complejas plataformas en tres dimensiones a un desarrollo clásico bidimensional.

Una auténtica bocanada de nostalgia y punto de reflexión.

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