SUPER SMASH BROS. BRAWL

Con grandilocuencia, supra-ego y ante todo mucha épica, esta tercera entrega de la saga Smash Bros. en un primer contacto agota.

Tras la vibrante introducción – arte y ensayo del copy-paste, aunque con semejante pieza musical cualquier cosa nos sirve -, ponerse a abordar todo el abanico jugable que nos propone el título de Sakurai puede dar vértigo.

No sólo se nos intoxica con una cantidad desproporcionada de modos, pasatiempos, trofeos y niveles: en el propio corazón del juego ya encontramos una polaridad sin igual, ya que realmente cada personaje – especialmente con algunas nuevas incorporaciones -, la mecánica del juego, la estrategia y las limitaciones del entorno pueden resultar decisivas y cambiar por completo el prisma jugable, su estructura ósea.

Esto, pese a quien pese, resulta meritorio, elogiable y hasta cierto punto impensable cuando se da en proporciones tan exageradas.

No hay dos partidas de Super Smash Bros. iguales, no gracias a la absurda aleatoriedad, virus a exterminar en la industria – ya saben, enemigos que surgen de la nada, golpes que afectan con fuerza variable al son de la CPU o inteligencias artificiales tramposas – sino por una rica cantidad de movimientos, técnicas, posibilidades con el escenario, objetos y demás factores que pueden hacer decisivo un combate, siempre dependiendo de nuestros conocimientos y posibilidades, propias y del rival.

Ya ha quedado claro que el sistema de juego es profundo, técnico y no merece ser tratado como un party-game al uso.

No obstante, para los que desconozcan su mecánica, cada partida de Super Smash Bros. sin adulterar sus normas nos enfrasca en una batalla de dos a cuatro jugadores durante dos minutos sin tregua.

No se trata de eliminar la barra de vida rival, sino de lanzarlo fuera del ring.

Asestando a los rivales cuántos más golpes mejor, perderán resistencia y podrán ser expulsados con más facilidad.

Este esquema es único, radicalmente distinto a cualquier otro juego del género y, aquí, la principal traba entre los jugadores más recelosos y acomplejados.

Si dar el salto de las 2D a las 3D fue un suplicio para muchos – más justificado que este pataleo, por motivos más puristas -, tener que pelear con Pikachu, Kirby o Mr. Game & Watch puede resultar una barrera inexpugnable.

Ante tal señal de tolerancia y madurez, nada que añadir: sigan jugando a su saga habitual, que el año que viene llegará en mayor resolución.

Para esta tercera edición, se han incorporado personajes para todos los gustos.

Rápidos y polivalentes, como Meta knight y Pitt; técnicos y exigentes como Solid Snake u Olimar; variaciones de clásicos, como el equipo Fox; revisiones para bien – Samus en sus dos versiones – o para mal – el torpe e indefendible Ganondorf -.

La inclusión de los Final Smash – movimientos que pueden pulverizar a los rivales de un solo golpe – es correcta y encaja, pero los efectos de estas esferas en cada personaje son demasiado desiguales – pasan de lo anecdótico a lo devastador -.

El modo Historia – tanto para jugarse en solitario como con un compañero – es quizás el más completo y el menos esperado, ya que tanto por profundidad como por mecánica – un “pegahostias2D de la vieja escuela – podría considerarse un título completamente aparte, amén de que su desenfadada propuesta, que aderezado con los clips de escuetísima duración y de agilidad narrativa inesperada, pueden llegar a palidecer al gremio de directores de cine frustrados que pululan por la industria – Kojima, no se preocupe, introducir a Snake en la plantilla le redime -.

Aunque tras esta mecánica autosuficiente, obviar que el envoltorio es el atractivo principal sería absurdo.

Brawl se nutre casi mejor que nadie de la singularidad y libertad creativa que se permite el sector para poder contextualizar que un fontanero, un mono furioso, un militar y lo que demonios sea Pikachu se den de leches en escenarios bidimensionales, monocromos, y locuras abstractas a la altura de lo presente.

Hay que añadir y aplaudir que el trabajo de contextualización ha sido ejemplar, rediseñando cada personaje con un aspecto más tratado, más serio, más “ultimate“.

La banda sonora – que para algunos es como las sagradas escrituras o las valkirias de Wagner – es una colección de remixes de grandes clásicos, chantajes emocionales para los jugadores más tradicionales pero que en alguna ocasión no logra encajar con lo mostrado en pantalla por pura filosofía.

EXTRAS, AMPLIACIONES Y TARAS

No seríamos extremos si no esperásemos el Smash Bros. definitivo y temo que éste no debería serlo.

Primero, una de las modalidades estrella de Melée, el modo Eventos, es menos rompedor y considerablemente más sencillo que el original.

El juego en red era, siendo benevolentes, prehistórico, impracticable debido a su lentitud, que modificaba por completo el ritmo de una partida corriente, desvirtuando por completo la experiencia.

Por lo general, la velocidad de juego se pausaba ligeramente, permitiendo a los torpes reticentes aprender las normas de una vez, aunque el resultado final seguía siendo igual de intenso, envolvente, y quizás eso sí, menos caótico; lo cual siempre es de agradecer – los que hemos desarrollado una visión en estéreo tras jugar a Melée ya no tenemos arreglo -.

Tras horas y horas de juego – que cada cual administrará según convenga, partidas multijugador, en solitario, desbloqueando trofeos o zurrándole al pobre saco – nos queda un excelente sabor de boca que difícilmente nos permite encontrar vacíos.

Es tan extenso, tan completo, que abastecerá a cualquier seguidor de la compañía por la cantidad insana de guiños, referencias, matices y golpes bajos de nostalgia que acreditan a Super Smash Bros. Brawl como el mejor museo Nintendo que jamás pudimos soñar.

Wii encontró en este título el juego definitivo para el insuficiente 2.007, pero ante todo fue un regalo para los seguidores de Melée, una recompensa a nuestros años de abusos e incomprensión.

Más y mejor, probablemente una de las producciones más espectaculares que pudo recibir Wii.

Let’s go to brawl.

EN SÍNTESIS

Poco más que añadir: más profundo, más largo, más completo y pulido, Brawl pulveriza y pone en evidencia sus precedentes.

Los títulos multijugador tuvieron en él un nuevo rival a batir, pero lo más fascinante verdaderamente es que poco más podíamos pedir ya por entonces a Smash Bros.

Xtremeretro

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.