SURCANDO LOS MARES DEL WIND WAKER

Lo tengo ante mis ojos, perfectamente conservado pese a los años transcurridos.

Acabo de abrir la caja y aún miro incrédulo esta obra maestra de la programación que responde al sobrenombre de Wind Waker.

Debo reconocer que, pese a todas las críticas vertidas, me encanta.

Y mientras tecleo estas líneas, el hijo del vecino pone a todo volumen un disco de bakalao, atronando a media comunidad; en tanto otros vecinos, que por lo visto también gozan de muy mala leche y muchas ganas de broma, practican el deporte olímpico de arrastrar parte del mobiliario a altas horas de la madrugada.

Así que, mientras analizo los pros y los contras de comprar una escopeta de caza con postas como bellotas y visitarles cortésmente, no sin antes convertir sus respectivos domicilios en sucursales de Puerto Hurraco, miro una y otra vez ese diminuto compacto que antaño me hizo soñar.

Y casi puedo sentir, pasando los dedos sobre la superficie, el rumor de las velas cuando empieza a rolar el viento, el aroma del mar que asoma poco antes del amanecer a la cubierta escorada y húmeda por el relente, cuando intentas ganarle barvolento a la presa durante una caza de larga por la popa.

Y no puedo evitar pensar que sería grato mandar a tomar por saco a mis vecinos, jefes, e incluso a Xtreme Retro, poner mi nombre en ese diminuto velero de color rojizo y telefonear a tres o cuatro viejos amigos, reclutados entre lo mejor de cada casa.

Y después, en una noche sin luna, deslizarme a mar abierto, con una brisa del suroeste susurrando suave en la jarcia.

Con la intención de embarcarme hacia la aventura y la bendición de los dioses.

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