THE LEGEND OF ZELDA: OCARINA OF TIME

Este juego ofrece una sorprendente aventura vital, una reinvención del reino de Hyrule que parece completamente nueva y apropiada, y a la vez un épico viaje cuyo retorno lleva de una forma elegante hasta el inicio.

Reinventar The Legend of Zelda para el complejo entorno de Nintendo 64 fue una tarea titánica, y en el momento en que Link emprende su primer y melancólico viaje a través de las finas neblinas de Hyrule Field, queda claro que Nintendo está a la altura del desafío.

Creó una aventura que puede gustar más o menos, pero que raramente defrauda.

Lo más sorprendente es que el juego ofrece incluso más de lo esperado, con un sistema de combate que apostó por la fijación para seleccionar el objetivo y puzzles que se desarrollan en un ámbito intemporal, mientras Link se mueve entre periodos de tiempo para progresar en la trama, de forma similar a como se sumergía entre los mundos de la Luz y la Oscuridad.

Y también está Epona, el más personal y maravilloso de todos los vehículos en el mundo de los videojuegos.

La yegua de Link es la prueba de que Hyrule se ha vuelto vasto y difícil de abarcar.

Pero su realización es tan sensible, cariñosa y genuina, que empieza a verse como un auténtico animal antes de que nos percatemos de su gran utilidad.

Y en un juego con tantos y tan maravillosos momentos – como, por ejemplo, una multitudinaria carrera de fantasmas hacia el horizonte, o un fantasmagórico jinete emergiendo de una sombría pintura -, Epona es quizá la que mejor capta el gozo que únicamente Legend of Zelda puede proporcionar, con su salto sobre la cerca del rancho Lon Lon, enviándonos más allá para explorar un mundo que, probablemente, no volverá a ser el mismo.

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