TIENDAS DE VIDEOJUEGOS QUE, LAMENTABLEMENTE, NUNCA VOLVERÉ A PISAR

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Cada vez que ojeo mis viejas revistas, o doy un paseo por los barrios que frecuentaba durante mi juventud, descubro nuevas tiendas cerradas.

Algunas, las de toda la vida, habían sobrevivido a diversos cambios generacionales, compartiendo escenario con los añorados salones recreativos.

Eran parte del paisaje.

Y de pronto, el escaparate vacío, el rótulo desaparecido de la fachada, me dejan aturdido, como ocurre con las muertes súbitas o las desgracias inesperadas.

Es una sensación de pérdida irreparable, aunque sólo haya echado vistazos al escaparate, sin entrar nunca.

Otras de esas tiendas eran negocios recientes: comercios abiertos durante el apogeo de los 32 bits que siguieron multiplicándose hasta la llegada de PlayStation 2, entre otras.

Recuerdo con cierta nostalgia los trabajos que procedían a la apertura, y después a la inauguración, todo flamante, dueños y dependientes a la expectativa, esperanzados.

Ahora paso por delante y advierto que los cristales están cubiertos y la puerta cerrada.

Y me estremezco contagiado de la desilusión, la derrota que transmite ese triste rótulo pegado al cristal con las palabras se alquila o se traspasa.

Entre las que conozco están M.G.K International, Club Global Game, Diver Tienda, Games Fox, Start Games, Game Soft, Hobby Mania, Mel Infort, Game Shop o Mega Juegos, y la relación sigue creciendo como una lista de bajas tras un combate sangriento.

También – ésa fue un golpe duro – una tienda de electrónica grande y bien surtida, cuyo nombre no atino a recordar, situada en plena Via Augusta, cerca de mi antiguo instituto, donde acostumbrábamos a ir durante las horas de recreo para jugar con la recién estrenada Nintendo 64, aunque tampoco le hacíamos feos a los stands de PlayStation y Saturn.

Era, en definitiva, el lugar más fascinante del mundo.

Ahora hablamos de crisis cada día.

Hasta los dichosos políticos lo hacen con la misma impavidez con que antes afirmaban lo contrario.

En todo caso, una cosa es manejar estadísticas, y otra, pisar la calle tras haber conocido esas tiendas una por una, recordando los rostros de propietarios y dependientes, su desasosiego en los últimos tiempos, la esperanza, menor cada día, de que alguien parase ante el escaparate y se animara a comprar, sabiendo que de ese acto dependían el bienestar, el futuro y la familia.

Haber presenciado tanta angustia diaria, la ausencia de clientes, o no tener con qué pagarlo.

El saberse condenados y sin esperanza mientras, en las tiendas desiertas que con tanta ilusión abrieron, languidecían su trabajo y sus ahorros.

Morían tantos sueños.

Eso es lo peor, a mi juicio.

Lo imperdonable.

Todas esas ilusiones deshechas, trituradas por políticos golfos y sindicalistas sobornados que todavía hablan de clase empresarial como si todos los empresarios tuvieran yate en Ibiza y cuenta en Suiza.

Ignorando las ilusiones moribundas de tanta gente con ideas y fuerza, que arriesgó, peleó para salir adelante, y se vio arrastrada sin remedio por la tragedia económica de los últimos tiempos, y también por la irresponsabilidad criminal de quienes tuvieron la obligación de prevenirlo y no quisieron, y ahora tienen el deber de solucionarlo, pero ni pueden ni saben.

De esa gentuza encantada consigo misma que no sólo carece de eficacia y voluntad, sino que sigue impasible, procurando ni parpadear ante los cuernos del toro que corretea llevándose todo por delante en este circo.

Un Gobierno cínico, demagogo y embustero hasta el disparate.

Una oposición cutre, patética, tan corrupta y culpable de enjuagues ladrilleros que trajeron estos fangos, que resulta difícil imaginar que unas simples urnas cambien las cosas.

Sentenciándonos, entre unos y otros, a ser un país sin tejido industrial ni empresarial, sin clase media, condenado al dinero negro, al subsidio laboral con trabajo paralelo encubierto y a la economía clandestina.

Un rebaño analfabeto, sumiso, donde los únicos que de verdad van a estar a gusto, sinvergüenzas aparte, serán los extranjeros.

Para entonces, los responsables del desastre se habrán retirado confortablemente al cobijo de sus partidos, de sus varios sueldos oficiales, de sus jubilaciones millonarias por los servicios prestados a sí mismos.

A dar conferencias en Nueva York sobre cómo nos reventaron a todos, dejando el paisaje lleno de tiendas cerradas y de vidas con el rótulo se traspasa.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
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