TUTORIALES PLOMIZOS Y, QUIZÁ, PRESCINDIBLES

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Algunos juegos actuales son más aburridos que un episodio de la doctora Quinn, y sus plomizos tutoriales, tan ultramodernos, no ayudan a mejorar la situación.

Por supuesto, no faltan fulanos de lo más variopinto que, cortésmente, se prestan a instruirte en su tediosa mecánica.

Y así, comienzas a caminar alegremente y pegas un salto porque una voz salida de la nada te advierte “para correr hacia la derecha, pulsa el botón direccional derecho“, o alguna variante por el estilo.

Miras con atención hacia uno y otro lado de la pantalla, y compruebas que allí no hay nadie con quién conversar.

Entonces murmuras para tus adentros “me alegro“, por si acaso, y prosigues como si tal cosa con la aventura.

Tras llegar al primer obstáculo, la misma voz reaparece “para saltar, pulsa el botón A” y tú, ligeramente mosqueado, musitas “gracias por el aviso, supongo“, mientras efectúas el sexto o séptimo salto a esas alturas de la partida.

De camino al primer enemigo, cruzas junto a otra amigable criatura situada para encandilar a los crios incautos, que amablemente se presenta diciendo, por ejemplo, “Hola, soy Omochao!“.

Pasas de él olímpicamente, y te diriges hacia un engendro mecánico dotado de funestas intenciones, y que a su vez parece más interesado en contemplar el paisaje que en darte caza.

A través de la pantalla, una voz metálica insiste en que para atacar debes presionar tal o cual botón.

Asientes, aún sabiéndolo de antemano, y tras apiadarte de su alma, el anterior ser abyecto vuelve a hacerte proposiciones indecentes, asegurando que se llama Omochao.

Continúas avanzando y otra voz electrónica salida de la nada te advierte que para proseguir necesitas una llave a fin de atravesar determinada puerta que, para más inri, carece de cerradura.

Ya que el asunto se debate entre el maldito pórtico y tú, Omochao se encoge de hombros, a lo suyo, atento al colorido escenario.

Consigues la dichosa llave y la voz metalizada dice, con cierta desgana, “Ahora puedes pasar“, como si en el fondo le fastidiara admitirlo.

Entonces suspiras aliviado, traspasando el portal frente a la indiferencia del tal Omochao.

Pero, faltaría más, pronto surge la necesidad de conseguir nuevas llaves.

Vuelves junto a Omochao y le juras que tienes cosas más interesantes y divertidas que hacer, y llegado el caso incluso que tu santa abuela agoniza en la UCI, y te urge concluir aquel monótono nivel.

Cuando por fin te dispones a finiquitarlo, lloriqueas descompuesto porque una voz femenina y enlatada te recuerda que has pasado por alto un requisito concreto, y no añade “imbécil” por pura misericordia.

Respiras hondo y regresas sobre tus pasos, con mucho cuidado, mientras otra voz te sugiere que dediques unos valiosos minutos a completar un adictivo tutorial.

Los minutos, en cambio, los empleas en maldecir en arameo a todos los tutoriales mundanos y a la madre que los parió.

Después, más desahogado, caminas escrutando el horizonte bajo la atenta mirada de Omochao, que está esperando un descuído para insinuarse de nuevo.

Das un par de vueltas por la proximidad.

– “Soy Omochao“, insiste la deformidad metálica mientras tanto, y apelando a toda tu sangre fría, aprovechas que andas bien de reflejos y de tiempo para contestarle “me importa, literalmente, un carajo“, antes de que la voz del susodicho se despida con un chasquido.

Como tan sólo te queda un único camino por recorrer, la solución parece más que evidente.

Total, que llevas media hora discutiendo con todo bicho viviente, no necesariamente visible, y aún no has conseguido hablar con nadie.

Así que te diriges hacia el lugar indicado, dispuesto a suicidarte o a jugar al Superman 64 – lo que viene a ser lo mismo -, hasta que la muerte se apiade de ti.

Al pasar por la puerta correcta, y tras haber localizado infinidad de llaves, aquella alimaña vuelve a poner en tu conocimiento que se llama Omochao.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.