UN BARCO PIRATA TOCADO Y HUNDIDO

Barco Naufragio Pixel Art Xtreme Retro

Por fin se ha desvelado el misterio.

Desde el lanzamiento de Soul Edge/Blade en PlayStation, numerosos aficionados se habían preguntado por el funesto destino del barco capitaneado por Cervantes de León y su desafortunada tripulación, que se fue a pique allá por el año 1.550, aproximadamente.

En realidad, la propia compañía desarrolladora ya se había molestado en aportar algunos datos al respecto: tras renegar de su patria y convertirse en un afamado pirata, recibió el encargo del “Mercader de la Muerte“, Vecci, incitándole a buscar la espada maldita, por todos sobradamente conocida.

Tuvo éxito en su empresa, a costa de su alma y su cordura, sellando así su trágico futuro y el de todos cuantos le rodeaban, originando un reinado de terror que duró varias décadas.

Pero faltaba un dato clave referido a todos los valientes que, como él, se lanzaron al mar en busca del codiciado objeto.

Por fortuna, anoche tuve la ocasión de asistir a un esclarecedor debate junto a otros eruditos ingleses, que acabaron de establecer las causas del hundimiento y el triste destino de sus antiguos camaradas.

El barco se hundió, en efecto, pero resulta que semejante fatalidad tuvo lugar porque los marineros que allí se encontraban no eran italianos, ni franceses.

El barco de Cervantes estaba tripulado por españoles, naturalmente.

Eso lo explica todo.

No estoy de coña, señoras y caballeros.

O la guasa no es mía.

Los perspicaces jugadores tuvieron a bien recordarme que Cervantes era, en realidad, de origen valenciano.

Se dice, por otra parte, que el temido pirata iba escaso de marineros cualificados y enroló a sus allegados.

Así que, con aplastante lógica científica, los investigadores virtuales llegaron a la conclusión inequívoca de que éstos sólo podían ser españoles.

Tal cual, oigan.

Ni italianos, ni portugueses, ni franceses.

El país de Cervantes resulta decisivo.

Vayan ustedes a saber por qué.

El caso es que, bueno.

Blanco y en tetrabrik, eso.

Leche.

La falta de disciplina hizo el resto.

Otra cosa hubiera sido que el barco hubiese estado en las manos competentes de leales súbditos británicos.

No se habría hundido bajo ningún concepto, ni siquiera ante el inconmensurable poder destructivo que atesora la espada.

Pero a ver qué se podía esperar de una tripulación española – lo más normal del mundo, por otra parte, a bordo de un barco extranjero -.

O sea, con torpes y sucios meridionales, flojos en idiomas, e incapaces de entender las eficaces órdenes de sus superiores.

Así, el hundimiento estaba cantado, claro.

Elemental, querido Watson.

Yo mismo, modestia aparte, me he permitido el lujo de investigar a fondo el asunto.

Y fíjense.

No sólo coincido con las conclusiones de mis contertulios británicos, sino que, tras indagar en la materia, me encuentro en condiciones de iluminar otros rincones oscuros del naufragio.

Y puedo confirmar que, en efecto, así no había quien gobernase un barco.

Sé de buena tinta que el desastre se produjo cuando Cervances, creyendo atisbar un fulgor imposible en el horizonte y ánimado por el descubrimiento, ordenó “¡todo a estribor!”.

Y el timonel, que casualmente era de Ondarroa, respondió “errepika ezazuagindua mesedez“, que significa, poco más o menos, repíteme la orden en cristiano o las vamos a pasar canutas.

Pero Cervantes, consciente de que algo iba mal y el barco comenzaba a hacer aguas, mandó buscar a alguien que tradujese aquello a todo trapo, mientras una marejada cabroncilla ganaba terreno hacia el interior.

“¡Cierren las puertas, voto a brios!”, ordenó Cervances, algo inquieto y temeroso por no vivir lo suficiente como para llevar a cabo su cometido.

Entonces, desde abajo, el contramaestre, un tal Joan Artés Maurí, que era de Badalona, respondió: “digui’m-ho en català, si us plau“, con lo que el pobre pirata se quedó con cara de lelo a media maniobra.

“¿¡Pero de qué van estos tiñalpas!?”, inquirió, ya francamente contrariado.

Mientras tanto, los demás tripulantes, que también eran indígenas de aquí, estaban en los entrepuentes tocando la guitarra y bailando flamenco, costumbre habitual de todos los marineros españoles, sin excepción, en situaciones de peligro.

Fue entonces cuando el pirata, desesperado, empezó a gritar: “¡¡el barco zozobra, el barco zozobra!!”.

Cerca de él, algunos tripulantes que eran de Cádiz, y además tartamudos, respondieron con palmas de tanguillo y mucho arte: “pues más vale que zo-zobre a que fa-falte, pi-pisha“.

Y claro, en dos minutos Cervantes pasó a convertirse en el pirata fantasma que todos conocemos, y su tripulación se fue, junto con el resto del barco, a tomar por saco.

Dicen las crónicas que sus últimas palabras, antes de ahogarse como un salmonete y reencontrarse con la Soul Edge en el fondo marino, fueron: “no logro controlar a esos truhanes“.

Pero no.

Tras mis pesquisas, he descubierto que sus auténticas palabras fueron otras bien distintas: “no consigo controlar a esos hijos de puta“.

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