UN BRINDIS POR WILL Y KARA

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Esta noche, si tengo con qué, brindaré por ellos dos.

No voy a escribir aquí sus nombres al completo pues, en vista de lo que sucedió con Old School Generation, no me fío de ustedes – me fío de muchos, pero no de todos ustedes -, y no deseo que mencionarlos en esta página signifique señalarlos con el dedo para toda la vida que les quede por vivir, que igual es mucha.

Y deseo, con toda mi alma, que sea mucha.

Voy a brindar por Kara, porque hace algunos años, trastornada por la crueldad de su padre, encerrada, desconfiada y triste encontró la sonrisa perdida, la abnegación y el respeto.

Por esas bromas que tiene la vida, todo lo halló en un joven ensimismado en su soledad, con el regusto amargo de la pérdida todavía latente.

Tenían frío, y se acercaron el uno al otro para darse calor.

Al poco ya estaban viviendo una aventura juntos, y cada uno aportó su singular dote: ella, un pequeño cerdito y la ternura que no habían podido mancillar las humillaciones pasadas, ni retener las rejas de su antigua morada.

Él, su mirada vacía, una soledad infinita y una insignificante flauta.

Háganse cargo del capital social: una chiquilla mimada, responsable de un modesto animal, y un huérfano inxperto en el arte de la vida.

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Como para no jugarse un duro por ellos.

Y sin embargo, funcionó.

El aprendizaje fue lento y duro, pero perfecto.

Kara y su chico habían sacado el número correcto en esa tómbola que tiene tan mala leche pero que a veces, cuando se le entra con ganas, es capaz de deslumbrar con el más hermoso premio del mundo.

Sufrieron, soportaron problemas de dinero, de salud y de vivienda.

Tropezaron con muchos miserables en el camino, pero también con gente honrada que les echó una mano cuando la necesitaban, que les dio comida cuando tuvieron hambre, que les devolvió poco a poco la fe en sí mismos y en los demás.

Tuvieron algo de trabajo, compenetración, amor y complicidad.

Y un día se miraron y él dijo: “soy feliz“, y ella respondió: “yo también“.

No era una de esas frases que pronuncias para creerte un sueño, o para convencerte de algo, sino que era de verdad.

Ese pequeño rayo de sol que te acaricia el alma, aunque sea un poco, y aleja del frío, y de la soledad, y te hace pensar que después de todo, bueno, aquí vamos a estar sólo un rato; pero igual si nos abrazamos fuerte resulta que hasta vale la pena.

Pero la vida se lo cobra todo, y un día Will comunicó su obligación de partir hacia la Torre de Babel, para encontrarse con un destino incierto.

Kara, como les decía, es calor, y tibieza, y consuelo.

Y él es aire fresco, con unos ojos claros que se parecen al mar, o al cielo, o a ambas cosas a la vez.

Y durante las últimas semanas han vivido con la esperanza puesta en el último pétalo de la margarita deshojada día tras día, sin abandonarse al miedo, o a la desesperación, en atroz espera.

Y de ese modo, si alguna vez dudaron de su capacidad para amarse, ya no les queda duda alguna.

Y cuando escribo estas líneas Hamlet, que así se llama el pequeño cerdo, permanece inmóvil, acurrucado a los pies de su dueña, y ellos siguen mirándose el uno al otro callados, esperando que llegue el inevitable momento que les traiga la liberación, o la sentencia.

Pensaré en ellos esta noche, cuando diversos héroes de todo tipo y condición se rompan la crisma en reyertas carentes de sentido, malgastando una vida que otros han aprendido, con tanto amor y sufrimiento, a valorar en lo que cuesta.

Por esos Rambos en potencia no enarcaré ni una ceja.

Pero brindaré de corazón por Kara y por su chico, incluso por el amigable cerdito.

Por esa vida que ellos sí merecen vivir.

Sea cual sea el resultado de su periplo, que le conduce con paso lento pero firme a la cima de una funesta torre.

Lo sepan ya o no lo sepan.

En realidad, ¿quién de nosotros lo sabe?.

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