UN BUEN PUNTO DE PARTIDA PARA CUALQUIER VIDEOJUEGO

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Me encontraba el otro día circulando por una autovía aburridísima, desierta, sin árboles ni bares para espabilarse tomando un café; de esas carreteras donde la aguja se queda fija en los ciento veinte kilómetros por hora mientras entornas los ojos de tedio y sueño.

Un paraje perfecto, en suma, para que uno se quede dormido al volante y luego se rompa los cuernos en la primera curva, de no ser porque lo mantiene en vela el continuo sobresalto de los Mercedes y Bemeuves que pasan zumbando por el carril de la izquierda, a ciento ochenta o más, dándote las luces cuando te dispones a adelantar un camión, como si tuvieran mucha prisa por llegar a su pueblo y retirar a su santa madre de trabajar en la calle.

En fin, detesto las autovías.

Es cierto que resultan más cómodas y, según dicen, seguras; y si no te vence el sueño, llegas antes a donde quieras ir.

Pero para quienes, como el arriba firmante, viajaron durante largos años, esas dobles cintas de asfalto y cemento sustituyen con notable ordinariez a aquellas otras carreteras que tenían árboles, paisajes y pueblos, donde uno podía detenerse a menudo para comprar un refresco o un bocadillo, compartiendo telenovela de las cuatro con el ventero y las moscas, o calzarse un par de cafés de madrugada entre un camionero y una pareja de la Guardia Civil.

Ahora, en cambio, la noche no es más que una larga cinta de asfalto iluminada por los faros, con la oscuridad y el vacío a derecha e izquierda; y si encontrar una venta durante el día ya se hace raro – pues todo son gasolineras con supermercado y vasos de plástico -, dar con una abierta más allá de medianoche es como descubrir a cualquiera de nuestros políticos leyendo el Ulises de James Joyce: posible, aunque improbable.

El caso es que iba, como les contaba, por una de esas carreteras malditas, y de pronto me encontré con un erizo.

Ignoro cuál es la velocidad de crucero de un erizo adulto, pero les aseguro que aquél cortaba el asfálto de derecha a izquierda a toda leche.

Hice un movimiento con el volante, intentando no pasarle por encima, y cuando miré al costado izquierdo ví que el muchacho seguía su afanosa carrera hasta la protección de la cuneta, tiquitiquití, con la misma desesperada rapidez.

Por un momento imaginé su punto de vista: a ras de suelo, acojonado, teniendo ante sí la extensión negra del asfalto, equivalente para nosotros a la anchura de un campo de fútbol, una raya blanca en medio y, a intervalos, una especie de truenos violentos y mortíferos que pasan como exhalaciones infernales.

Me acordé del conejo Frambueso en La colina de Watership, o de aquel bellísimo poema sobre el despertar de un erizo que escribió en euskera el entrañable Bernardo Atxaga.

Habría querido detener el coche y retroceder para socorrer al bicho en su peligrosa aventura – pues aún le quedaba la carretera del otro lado para estar a salvo -, pero no era cuestión de ponerse a maniobrar en la autovía.

De modo que seguí adelante, ojeando por el retrovisor hasta que perdí de vista al pequeño y veloz puntito que se la jugaba con un par de huevos, tiquitiquití, a cara o cruz, en vez de quedarse en la cuneta, resguardado.

Que llegues, le deseé.

Que alcances el campo al otro lado, pequeño valiente, allí donde te esperan insectos sabrosos y tal vez también una eriza impresionante, acogedora y tibia, mamífera como tú – incluso muy mamífera – que se abra de púas y te haga olvidar los sinsabores de la vida, y te llene la madriguera de ericitos corajudos como su padre, capaces de cruzar a puro huevo las carreteras que estúpidos hombres ponemos en vuestro camino.

Sin duda ignoras que no estás tan solo como crees, porque todas las carreteras del mundo están llenas de otros primos de Sonic; anónimos camaradas que corren el mismo albur, agonizan o sobreviven, porque no se resignaron a quedarse agazapados viéndolas venir, porque salieron a cazar para su gente, o simplemente a pelear con la vida.

Supongo que ahí, en mitad de ese asfalto negro e interminable como la muerte, sudoroso en tu carrera a todo o nada, te sientes miserable y vulnerable.

Ojalá supieras que alguien – uno de esos hombres estúpidos que cortan árboles y construyen trampas mortales – presenció tu minúscula epopeya, y deseó que llegaras sano y salvo a buen puerto.

Ahora bien, puesto que esto es un blog de videojuegos, aunque por momentos no lo parezca, ¿se imaginan qué punto de partida tan simple, pero sin embargo tan apasionante y arrollador, para la creación de un título cualquiera?.

De un plataformas, por ejemplo.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
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