UN DÍA DE PESCA EN EL ESTANQUE DEL LAGO HYLIA

Soplaba un viento suave que mecía las hojas de los árboles.

Aquel día paseaba por un viejo estanque de pesca y allí me encontré con ellos dos, un jovencísimo infante y junto a él, un tendero, que lo observaba tímidamente desde las proximidades.

Cerca había un mostrador conformado a base de pulidas rocas, llamativas peceras, alguna antorcha solitaria y cubos improvisados.

En ese momento me detuve para contemplar la escena, mientras respiraba solemne ese inconfundible olor a mar viejo, denso, de los lugares que han visto partir muchos pescadores, y muchas vidas.

Me gustan los viejos estanques de pesca, quizá porque mi propia infancia está estrechamente ligada al mar.

Me gustan los fantasmas que descansan plácidamente sobre sus aguas, en ocasiones a la sombra de las casetas, y las cicatrices que deja el líquido elemento sobre la orilla con el inexorable paso de los años.

Me gusta observar aquellas personas que permanecen allí, quietas, inmóviles durante horas, para quienes el sedal y la caña son sólo un pretexto, y no parece importarles otra cosa en el mundo que mirar su pequeño trozo de mar.

Me gustan los tenderos que vigilan a los niños, mientras éstos hacen preguntas inverosílimes o señalan gaviotas, y ellos, a modo de cuidadores, entornan los ojos para mirar el horizonte, como si buscasen algo largamente olvidado en la memoria; un recuerdo o quizá la explicación de un suceso que tuvo lugar hace demasiado tiempo.

Aquel chiquillo de orejas puntiagudas debía rondar los diez años, y miraba con expresión obstinada el corcho que flotaba en el agua, al extremo del sedal de su corta caña de pescar.

Al otro lado del mostrador se encontraba el amable tendero, mirando también al agua como ausente, y ocasionalmente le echaba un vistazo al joven, apartándolo con suavidad cuando se adentraba demasiado en el estanque.

Link – lo llamaba -, retirate un poco, que como te caigas ya verás.

Me acerqué brevemente para curiosear un cubo que sostenía el zagal.

Para ser franco, no destacaba por nada en especial, salvo por un escuálido pez que boqueaba en su interior, de apenas medio palmo.

El tendero sonrió entonces con esa mezcla de complicidad y orgullo que sienten algunos progenitores cuando les miras al vástago.

Y no pude evitar examinar su rostro, que pese a la sonrisa no parecía satisfecho, sino más bien cansado.

Sus manos eran ásperas, y sus ojos sólo se iluminaban al observar aquel niño; como cuando su mirada y la mía convergieron sobre el chiquillo, que seguía indiferente y atento al corcho de su caña.

Menudo elemento – me comentó apacible el tendero.

Miré de nuevo al elemento.

Se distinguía por su rubia melena, verdes ropajes y gorro picudo que caía suavemente sobre la nuca.

Entonces el tendero se aproximó, le pasó una mano sobre la cabeza, y el crío se la sacudió molesto, porque le impedía concentrarse sobre su preciado corcho.

El tendero sonrió una vez más, encogiéndose de hombros, y luego dijo pausadamente: – de mayor va a ser todo un héroe.

Después se quedó inmovil, absorto, mirando el estanque con aquellos ojos pensativos que al entornarlos se rodeaban de arrugas tostadas por el sol; y el levante suave mecía mis cabellos como una mano maternal, acompañada por un reconfortante aroma a tierra húmeda.

Me alejé por fin, y al rato vi pasar aquel tierno chaval en la distancia, cuando el sol ya estaba muy bajo y su luz llegaba rojiza, casi horizontal.

El joven llamado a convertirse en héroe portaba en su mano la caña, y con la otra sostenía aquel pequeño cubo con extremo cuidado.

Quizá si, dije para mis adentros.

Quizá resulta que de mayor Link se convierte en todo un héroe, y es capaz de emplear una espada o incluso un arco con una facilidad asombrosa, y es feliz.

Quizá la vida le sonríe y le llena su cubo con peces maravillosos, y siempre encuentra una voz amiga que le dice “Link, retirate un poco“, y le bendice con advertencias similares.

Y quizás un día, pensé viendo alejarse a la inocente criatura, cuando sea mayor y reconocido como un verdadero héroe, Link se dará un paseo por este mismo estanque, recordando aún el olor a tierra mojada y el cubo con aquel pez chapoteando en su interior.

Y junto a los otros fantasmas que siempre contemplan el agua no necesariamente del mar, el de aquel tendero esbozará una sonrisa.

Y otros pequeños héroes aparecerán portando su propio cubo, lleno de vida y de esperanza.

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
Xtremeretro

About Xtremeretro

X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.