UN FIEL REFLEJO DE NUESTRA SOCIEDAD EN EL MUNDO DE LOS VIDEOJUEGOS

Shadow of the Colossus Team Ico Pixel Art PS2 Xtreme Retro Kids

Es una lástima que a los niños de ahora no les demos a probar con más frecuencia aquellos clásicos modernos, en vez de suministrarles tanta ñoñez con algunos títulos políticamente correctos, que podríamos considerar insultos descarados a su inteligencia infantil, del tipo Barney’s Hide & Seek, con lo que algunos padres y profesores se tragan el cuento de que los pequeños querubines del hogar no sólo se divierten, sino que también aprenden.

Frente a tanta chorrada mayúscula y vacía de contenido, juegos de toda la vida, hermosos y duros al mismo tiempo como pueden serlo Legend of Zelda, Phantasy Star o el mismísimo Shadow of the Colossus con su trágico relato de amor, heroismo, dignidad y muerte, son extraordinarias introducciones para que las criaturas se vayan familiarizando con la vida y sus circunstancias.

Para que se vacunen o, al menos, empiecen a hacerlo.

El polémico – pero notable – Secret of Evermore, sin ir más lejos, se perfila como una maravillosa lección que permite interpretar el presente y prevenir el futuro.

Secret of Evermore RPG SNES Squaresoft Pixel Art Xtreme Retro

Una aventura de lo más eficaz para que nuestros chiquillos, las más espabilados, adviertan lo que tenemos, y se preparen ante lo que les viene encima; que en vista del panorama va a ser de agárrate que vienen curvas.

En realidad, la fábula jugable gestada en el seno de Square es para niños sólo en apariencia, pues contiene una de las mejores parábolas sobre lo políticamente correcto que se ha plasmado en un videojuego que, para más inri, no pretende siquiera tomarse en serio a sí mismo.

Uno de los mejores y más afinados diagnósticos, como les iba diciendo, sobre la estupidez, la mentira y la infamia gregaria del mundo cobarde en que vivimos.

La ilustre veteranía de la trama prueba que la cosa no es de ahora.

Ése es el aire de nuestro tiempo.

De cada telediario.

Supongo que recuerdan el asunto.

En un determinado momento, la autoproclamada reina Camellia gobierna a su antojo, pasándose por la bisectriz las necesidades y el sufrimiento de ciertos ciudadanos, que por lo general coinciden con la clase trabajadora.

Durante su reinado, los ministros y personalidades que viven del cuento son plenamente conscientes de la tiranía, por supuesto, e incluso llegan a descubrir que ha suplantado a la verdadera reina, pero fingen admirarla y aprueban la práctica totalidad de sus actos, aludiendo a su presunto altruismo.

Dicho altruismo no existe, pero poco importa, porque los muy hipócritas besan el suelo por donde pisa, alabándola con entusiasmo, y esperando una jugosa recompensa como pago a su dedicación.

Por fin, llega el día señalado en el que invita a un pobre infeliz a su banquete.

Los sirvientes acuden en solemne procesión, acompañados por los cortesanos y pelotilleros de plantilla, junto a los restantes súbditos, faltaría más, que también se deshacen en halagos ante tan suculentos manjares y el lujoso castillo, poniéndolo de sublime para arriba, sin que nadie se atreva a reconocer las injusticias, casi palpables, que se multiplican por doquier.

Hasta que un niño inocente – por lo visto, en ese mundo ficticio todavía quedaban algunos – saca a relucir los trapos sucios.

Entonces todo el mundo, jugador incluído, cae en la cuenta de la superchería, y los mismos que ensalzaban con descaro su figura real abrazan las quejas generalizadas.

Cosa que, por otra parte, es muy propia de la infame condición humana, siempre dispuesta a lapidarte, con el mismo entusiasmo que diez minutos antes te jaleaba a lo grande.

Pero lo más ilustrativo del asunto viene luego, cuando la impostora, consciente de que la han descubierto, cae en la cuenta de que su miserable actitud no se manifiesta en el hecho de no pertenecer a la realeza, entre otras muchas cosas, sino en pretenderlo, de modo que decide aguantar hasta el final.

Así que, impertérria, se aferra a su regencia con aire majestuoso, aún más altiva que antes.

Y mientras, los ministros y cortesanos, fieles a su puerco oficio, siguen detrás, obedientes, agasajando con todos los respetos mundanos a una reina que nunca lo fue.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.