UN JOVEN HÉROE DE HYRULE

The Legend of Zelda NES Famicom Nintendo Pixel Art 8 bits Xtreme Retro

Soy de los que no encuentran raro el comportamiento inesperado de un niño pequeño.

Creo que los ademanes y muecas, las carreras sin objeto aparente, los ruidos y movimientos, volteretas, extrañas miradas y actitudes de esos infatigables aventureros no son casuales, sino que responden a impulsos concretos y razonamientos impecables.

Cada vez que asisto a la conversación de un chiquillo me asombran la firmeza de sus convicciones, la honradez intelectual y la lógica insobornable que articula su mundo.

Un mundo coherente que tiene sus reglas propias.

Los incoherentes, los dispersos, los confusos, somos nosotros: los adultos embrollados en turbias inconsecuencias; y que, por haberlos olvidado, desconocemos los códigos tan rectos, tan intachables, que rigen el universo de nuestros cachorros.

Hoy pienso de nuevo en eso, pues camino por el mercado de Hyrule observando a un crio de verdes ropajes que va delante, agarrado a la mano de nuestra querida princesa Zelda.

Tendrá unos diez años y aún camina con esos andares torpes, en apariencia aleatorios y ensimismados de los crios.

Sigue un ritmo de pasos propio y de cadencia indescifrable, pisa esta baldosa, evita aquella, se aparta tirando de la mano a nuestra princesa o hace un quiebro y se coloca detrás.

También emite sonidos ininteligibles hinchando los mofletes.

Parece, en fin, como todos los renacuajos, majara total.

Para rematar la jugada, porta una espada de madera colgada a su espalda.

La lleva con absoluta naturalidad, sin darle importancia, como sólo un niño pequeño o un espadachín profesional podrían llevarla.

Nada incongruente, no obstante, en su aspecto: un crio con una espada, de los de toda la vida.

El caso es que durante un trecho veo caminar al niño, con la cabeza baja, mirándose muy atento los pies.

Y de pronto, en una especie de arrebato homicida, extrae su espada y, esgrimiéndola con denuedo, empieza a asestar mandobles terribles al aire, con tal entusiasmo que al cabo tropieza, trabándose con el arma, sostenido por tirones impacientes de nuestra legítima heredera.

Inasequible al desaliento, pronto recobra el equilibrio y vuelve a sacudir espadazos a diestro y siniestro, dirigidos a cuanto transeúnte se pone a tiro.

Zelda lo reconviene, zaramdeándolo un poco, y ahora el tiñalpa camina un trecho cabizbajo, el aire enfurruñado, arrastrando la punta de su espada por el suelo.

Pero un cartero se acerca de frente y la tentación es irresistible.

Así que el enano mortífero alza de nuevo la espada, hace una parada como si se pusiera en guardia, y se lanza contra el cartero, que da un respingo.

El segundo mandoble intenta atizárselo a un vendedor de máscaras que viene detrás, pero el otro, con una sonrisa divertida, se aparta de improviso, el ataque se pierde en el vacío, y el niño, todavía agarrado por la otra mano de Zelda, gira en redondo sobre sí mismo y cae medio sentado al suelo.

Bronca y confiscación del arma letal.

Ahora la princesa y el chiquillo reanudan el camino, mientras éste, lloroso, cautivo y desarmado, mira a los tenderos con evidente rencor social.

Quizá tenga razón – le digo a nuestra ilustre princesa tras ponerme a su altura.

Me mira sorprendida.

Suspicaz.

Así que sonrío, señalo al chaval, que me estudia desde abajo como diciendo “no sé quién será éste, pero cuando recupere la espada se va a enterar“, y añado:

A lo mejor sólo intenta defenderla, Su Alteza.

Zelda me observa un instante, aún confusa.

Al fin, sonríe.

Puede ser – responde.

Tal como se presenta el futuro, yo le devolvería la espada.

Saludo con una inclinación de cabeza y sigo caminando, adelantándome.

Al rato, cuando hago un alto frente a la taberna, me alcanzan de nuevo.

Los miro de soslayo y compruebo que el diminuto duelista lleva otra vez la espada de madera colgada a su espalda.

Entonces pido un vaso de leche, recién traída del rancho Lon Lon, riendo entre dientes.

A fin de cuentas, concluyo, una espada puede ser tan educativa como un libro.

Según quién te la ponga en las manos.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
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