UN SOPLO DE ESPERANZA

Carolina Pixel Art Xtreme Retro

Los conocí hace algunos años, cuando todavía preparaba el blog que hoy nos traemos entre manos, mientras paseaba por Mataró como un cazador al acecho.

Esa fase inicial es la más dichosa: todo es posible porque aún está por escribir, y poco a poco, con súbitos relámpagos de lucidez, la página web va tomando forma.

De esos días recuerdo copas de manzanilla y cañas, humo de tabaco y conversaciones hasta las tantas, o desayunos de café con leche y deslumbrantes rectángulos de sol en el suelo.

También cierto bar de dudosa reputación, al que cariñosamente solíamos llamar Birrateka.

Y así pasaron por mi vida.

Primero fue él, que vino con su guitarra hasta mi mesa.

Tocaba bien, y eso cuadraba con su aspecto agitanado, flaco y moreno.

Le calculé poco menos de treinta años, y por los tatuajes del dorso de la mano deduje también un par de visitas al talego.

Luego pasó la guitarra en demanda de unas monedas, y se detuvo conmigo cuando hice un comentario sobre el significado de una de las marcas que llevaba en la piel.

Conversamos sobre lo jodida que está la vida, los que se lo llevan crudo y los putos políticos, y al cabo me contó que se llamaba David Caballero, y que ya no se picaba.

Aún no tengo el bicho“, dijo; y ese “aún” sonó como una sentencia aplazada.

Era amable y con maneras, así que para mitigar mi soledad le invité a una cerveza, que aceptó sin problemas.

Se sentó a mi lado y volvió a pasar los dedos por las cuerdas.

Entonces llegó ella.

Morena, ojos claros, belleza joven y muy cansada.

David me la presentó como Carolina.

Cuida de mi“, dijo con una sonrisa absorta, y ella le puso la mano en el hombro.

Lo hizo con naturalidad; sólo puso la mano allí y la mantuvo, mirándome como si desafiara a desmentirlo.

Y supe que era verdad, que David era un tipo con mucha suerte, tal vez porque era agitanado y guapo, pero sobre todo porque era una buena persona a pesar de los tatuajes y de las marcas en los brazos, y todo lo demás.

Y tal vez por eso la chica, que ahora también bebía cerveza mirándome pero en realidad mirándolo a él, lo seguía mientras iba con su guitarra de mesa en mesa para sacarles unas monedas a los parroquianos del lugar, a pesar de que era – eso lo supe antes de que me lo contaran – niña de buena familia, con estudios y con salud, pero que un día lo dejó todo para seguir a aquel hombre.

Para cuidarlo porque, como dijo, hay cosas que no pueden explicarse, que te estallan dentro y comprendes que estaban escritas en tu destino.

Corría la noche, y porque temí perderlos, pues estaba más solo que la una en aquel preciso momento, hice un ademán de comprar el resto de su tiempo; pero Carolina sonrió y dijo que no era necesario, que estaban bien y que no era malo descansar un rato, así que con otro par de cañas estábamos en paz.

Una vez, en su otra vida, había leído algo mío para la difunta Old School Generation, y todavía lo recordaba.

Conversamos así largo rato los tres sobre el futuro incierto de la actual Xtreme Retro, y de vez en cuando ella volvía a ponerle a él la mano en el hombro, o le acariciaba el cabello; no con gesto enamorado, sino maternal, acompañado por una sonrisa y el calor de su presencia.

Y David le devolvía la sonrisa absorto, mirando al vacío, mientras pulsaba distraído las cuerdas de su guitarra.

“¿Hasta cuándo?”, le pregunté a ella, y vi que se encogía de hombros.

Luego estuvo un rato callada, y por fin dijo que mientras pudiera mantenerlo a él lejos de su fatídico destino.

“¿Y luego?”, insistí.

Luego es luego“, repuso.

Lo dijo como quien sabe que no hay finales felices, y yo pensé que, después de todo, quizá era ella quien lo necesitaba a él.

Los encontré otras veces, y siempre repetimos el ritual de las cañas y la conversación tranquila.

Después publiqué varios artículos en los que no salen ellos, pero en los que están, y le dediqué mis horas libres al blog, así que dejé de frecuentar aquella cervecería.

Pero hace escasos días regresé, y sin apenas pensar en ellos, casi por instinto, me descubrí buscándolos hasta que comprendí que ya no estaban por allí.

En realidad hubiera sido peor encontrarlo a él, solo.

De modo que quién sabe.

Quizá Carolina no pudo seguirlo hasta su trágico final.

O quizá si existan, después de todo, los desenlaces felices, y ella siga cuidando de él en alguna parte.

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