UN TRISTE FINAL

Pajarito Pixel Art Xtreme Retro

No es preciso recurrir al mundo de los videojuegos.

Hay historias calladas que bien merecen ser contadas, insignificantes en apariencia, pero que marcan como la más dramática experiencia.

El episodio que hoy les quiero explicar no abarca consola alguna, pues se trata de un relato humilde y doméstico.

De un triste final y de la melancolía singular que deja, como rastro, cualquier aventura lúcida.

Comienza en el césped de un jardín, cuando el protagonista de esta historia encuentra, junto a su casa, un polluelo.

Ya tiene plumas pero aún no puede volar, pese a que lo intenta desesperadamente, dando saltitos en el suelo.

Observándolo, Carlos se esfuerza por recordar lo poquísimo que conoce de pájaros: si los padres tienen alguna posibilidad de salvar al polluelo y si éste acabará por remontar el vuelo, de regreso al nido.

La naturaleza es sabia, se dice, pero también cruel.

Cualquiera sabe que muchos pajarillos jóvenes y torpes se caen de los nidos y mueren.

Un detalle importante: a Carlos lo acompaña su perro.

El fiel cánido está allí, mirando al polluelo con las orejas tiesas, la cabeza ladeada y una mirada de intensa curiosidad.

Como todos los que tienen perro y saben tenerlo, Carlos no puede permanecer impasible ante la suerte de un animal desvalido.

Tampoco puede irse por las buenas, dejando a aquella diminuta criatura saltando desesperada de un lado a otro.

No, desde luego, después de haber visto crecer al perro, de leer en su mirada tanta lealtad e inteligencia.

No después de haber comprendido, gracias a esos ojos oscuros, que cada ser vivo ama, sufre y llora a su manera.

Con una preocupación creciente, Carlos busca entre los árboles, mirando hacia arriba por si encuentra el nido y puede subir hasta él con el polluelo.

Sin embargo, pronto comprende que no hay nada que hacer.

Pero la idea de dejarlo allí a merced de un gato hambriento no le gusta, así que lo coge, al fin, amparándolo en el bolsillo de su chaqueta, y se lo lleva.

En casa, lo mejor que puede, con una caja de cartón y retales de manta vieja, le improvisa al polluelo un nido en la terraza que da al jardín, y al poco rato, de forma milagrosa, los padres del pajarito revolotean por allí, haciendo viajes para darle de comer.

Todo parece haberse resuelto, pero otros pájaros más grandes, negros, siniestros, con intenciones distintas, empiezan también a merodear cerca.

No hay más remedio que cubrir el nido con una rejilla protectora, pero eso impide a los padres alimentar a la pobre criatura.

Entonces Carlos sale a la calle en busca de una tienda de mascotas, donde compra una papilla especial e intenta alimentar al polluelo por su cuenta; pero el animalito asustado, tembloroso, trata de huir y pía para llamar a los suyos, rechazando el alimento.

Eso le quiebra el alma.

Carlos, impotente, asimila que de esa manera el polluelo está condenado; decide buscar en Internet, y, para su sorpresa, descubre que hay foros específicos con cientos de consejos de personas enfrentadas a situaciones parecidas.

Siguiéndolos, Carlos da calor al polluelo entre las manos mientras le administra la papilla gota a gota, con una jeringuilla, hasta que, extenudado por el miedo y la debilidad, el pajarito se queda dormido entre los retales de la manta.

Quizá al día siguiente pueda volar.

De vez en cuanto, tal como ha leído que debe hacer, Carlos se acerca con cautela, silvando bajito y suave, para que el animalito se familiarice con su voz.

Hasta que al fin, a la cuarta o quinta vez, éste pía y abre los ojitos, con una mirada que pone un nudo en la garganta.

Una mirada que traspasa.

Carlos ignora qué grado de conciencia real puede tener un pajarito diminuto; sin embargo, lo que lee en esa mirada – tristeza, miedo, indefensión – le recuerda a su perro cuando apenas era un cachorro, en las largas noches de lloriqueo asustado, buscando el abrazo y calor del amo.

También le trae recuerdos vagos de sí mismo, del niño que fue alguna vez, en otro tiempo.

De las manos que le dieron calor y de las aves negras que siempre rondan cerca, dispuestas a devorar.

Por la mañana, el pajarito ha muerto.

Carlos contempla el cuerpecito mientras se pregunta en qué se equivocó, y también para qué diablos sirven tres mil años de supuesta civilización que no le prepara a uno, de forma adecuada, para una situación tan sencilla como ésta, tan común y natural.

Para la rutinaria desgracia, agonía y muerte de un humilde polluelo, en un mundo donde las reglas implacables de la naturaleza arrasan ciudades, barren orillas, hunden barcos, derriban aviones, y trituran cada día, indiferentes, a miles de seres humanos.

Entonces Carlos se pone a llorar sin consuelo, como una criatura.

A sus años.

Llora por el pajarito, por su perro, por él mismo.

Por el polluelo que alguna vez fue, o que todos fuimos.

Por el lugar frío y peligroso donde, tarde o temprano, quedamos desamparados al caer del nido.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
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