UN VIEJO AFICIONADO A LOS VIDEOJUEGOS

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Se llamaba Arturo Sanfelix, era bajito, educado y pulcro, y parecía recién salido del viejo celuloide: entrado en años, bien afeitado y cabellos peinados hacia atrás con esmero.

Solía frecuentar cierto bar de Galicia, en unos tiempos agitados en que por allí circulaban individuos de variopinto y siniestro pelaje.

Ajeno a todos ellos, cruzaba entre las mesas como si su impoluta camisa lo preservara del ambiente, para echar algunas partidas conmigo a la única recreativa disponible; al Joe & Mac: Caveman Ninja, creo recordar.

Pese a la diferencia de edad, pronto le cogí confianza, y solíamos conversar largo y tendido sobre videojuegos, en los que abundaban amores perdidos, tristezas infinitas y nostalgias.

En realidad, ahora lo sé, hablaba sobre su propia vida.

A menudo sonreía melancólico, recordando su juventud en el extranjero donde, según comentaba, había participado en la procucción de varios títulos.

Sus recuerdos me parecían, por aquel entonces, dilatados y brillantes.

Incluso había conocido, en persona, a distinguidos programadores.

También había amado – aquí la sonrisa se acentuaba, a un tiempo vanidosa y discreta – a una bellísima compositora cuyo nombre sólo pronunciaba en voz baja cuando, al filo del anochecer, el alcohol, el humo de cigarrillos y la compañía le arrancaban jirones agridulces de la memoria.

Las parroquianas del lugar le adoraban.

Las trataba con exquisita cortesía, y poco le importaba que fueran más o menos respetables.

Algunas de ellas, hermosas pese a su madurez, bebían sus refrescos escuchando sus anécdotas, incluso cuando divagaba sobre videojuegos, con la mirada fija en su inmaculada camisa o el perfil latino de mi viejo contertulio.

Creo que las hacía soñar, que les devolvía parte de su propia estimación.

En ocasiones, alguna de ellas le mostraba su simpatía en forma de una copa de champaña, que Arturo agradecía con una leve inclinación de cabeza y casi imperceptible sonrisa, que le torcía el gesto.

Era tímido y pacífico, pero invariablemente rechazaba las copas ofrecidas por aquellos con los que no simpatizaba.

Durante los pocos meses que lo traté, jamás escuché de sus labios una opinión a favor o en contra de nada, hacia los demás o hacia sí mismo.

Tan sólo entornaba los ojos, me acompañaba en alguna partida fugaz, y recordaba.

La dignidad de cada uno – dijo en una ocasión – son sus recuerdos“.

Y bebía en silencio, sosteniendo entre los dedos el tallo de su copa de champaña o martini, mientras los camareros atendían al resto de la clientela y alguna mujer solitaria, de avanzada edad, lo observaba desde la última mesa, diciéndose que quizá, tal vez en otra vida, aquel hombre decrépito, menudo y amable, la hubiera hecho feliz.

Volví tras muchos años al bar aquel, dispuesto a brindarle la revancha por la última partida que nunca llegamos a disputar, pero nadie supo decirme qué fue de él.

Como tantas cosas, la imagen de Arturo Sanfelix está ahora suspendida en mi pasado, uno más de esos fantasmas que llevas contigo y que, a veces, acuden de forma imprevista a su cita con la ternura y la memoria.

Ignoro si mi antiguo camarada tiene la importancia suficiente para justificar estas líneas.

Tal vez – sospeché siempre – su relación con aquellos famosos programadores de videojuegos fue imaginaria; pero si, como él decía, la dignidad son los recuerdos, los suyos eran hermosos y bien merecen este mal llamado artículo.

Es más de lo que puedo decir de muchos hombres y mujeres que conozco.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.