UN VIEJO ESPÍA

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En más de una ocasión les hemos hablado de este singular personaje, curtido en mil y una batallas.

Nuestro viejo camarada era un espía de verdad, de los que se movían en territorio extranjero y a menudo hostil.

Curraba ese registro como otros un banco o el taller, y sus móviles eran varios: patriotismo, sentido del deber, afición a esa clase de vida, y también porque era un profesional.

De un modo u otro, era un espía honrado y valeroso.

Nada que ver con los correveidiles y la chusma que en los últimos tiempos sale en los periódicos, no por espiar a los enemigos y los malos, sino por convertir esta clase de oficio en una especie de Mortadelo y Filemón al servicio de gentuza sin escrúpulos ni vergüenza.

La penúltima vez que tuve noticias suyas estaba a bordo de una planta de limpieza medioambiental llamada Big Shell, ocupándose de trabajos por los que podrían arrancarle las uñas de las manos y los pies en cualquier sótano de mala muerte.

Una etapa más de un oficio iniciado en el interior de Sudáfrica, en la inexpugnable nación fortificada de Outer Heaven.

El caso es que, con la llegada de una vejez prematura, no tardaron en darle otro destino más acorde a su nueva situación, como suele hacerse en este ingrato oficio para premiar los servicios prestados.

Ahora que la política exterior consiste en hacerse fotos y dejarse flagelar las nalgas por la comisaria de turno, en plan estricta gobernanta, los espías de verdad resultan prescindibles.

De modo que el Coronel Roy Campbell se dedicó, en los últimos tiempos, a sustituir a los viejos y duros espías profesionales por jóvenes analistas de los que no hacen olas, cuya principal fuente de información radica en los titulares de la prensa diaria.

Los otros, los correosos agentes que te organizaban un golpe de mano para desmantelar un arma nuclear, o se calzaban a la amante de tal o cual terrotista para robarle los planos de un tanque bípedo, por poner algunos ejemplos posibles, fueron jubilados uno tras otro.

Y es así como nuestro viejo conocido retornó al hogar: a un amigo, experto informático, para el que era un extraño; a una joven muchacha para la que era prácticamente un desconocido, a la soledad que conllevan largos años de desarraigo, y a una oscura mesa de un despacho improvisado donde los jóvenes espías lo miraban, ingenuos ellos, como se mira a una leyenda.

Pero los viejos supervivientes – los que tuvieron tiempo y ocasiones para agarrarse bien y decirle al jefe muy bueno lo suyo, qué bonita corbata lleva hoy, general -, todos esos, digo, lo examinaban de reojo, molestos con la presencia de aquel fulano que hablaba idiomas, leía en los diarios algo más que las páginas deportivas, se había jugado la vida y conquistado a mujeres de ensueño.

Y ahora estaba allí, callado, en su inútil mesa, recordándoles con su presencia que ser espía fue una vez algo más que fabricar dossieres y tejemenejes varios con los que chantajear a cualquier pobre desgraciado.

Un día, hace algunos meses, se dirigió hacia el armario donde se encontraba su antiguo uniforme, lleno de medallas que jamás pudo lucir.

Y dijo, bueno, hay que saber retirarse.

Así regresó, como quien no quiere la cosa, a una ciudad de Oriente Medio, en busca de un eterno rival y un amor largamente olvidado.

Para que nos entendamos, volvió a la acción discretamente, sin armar ruido, dispuesto a acabar sus días como un soldado honrado.

Y allí anda, en su nueva existencia, rumiando nostalgias mientras se aferra a su voluntad inquebrantable, dispuesto a vender cara la piel.

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