UNA DE TANTAS PAREJAS HOMOSEXUALES EN LOS VIDEOJUEGOS

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Nunca me había fijado en la cantidad de parejas homosexuales que se ven paseando, ocasionalmente, por los videojuegos.

Los encuentras caminando por la calle, cenando en pequeños restaurantes, o incluso sumidos en la tempestad de una guerra.

No suele tratarse de dúos espectaculares, sino todo lo contrario: gente discreta, tranquila, a menudo con aspecto educado.

Mirando a los demás, en cualquier título de rabiosa actualidad, puedes aprender cantidad de cosas, y en el caso de estas parejas me encanta sorprender sus gestos comedidos de confianza o afecto, el reparto convencional de roles que suele darse entre uno y otro, junto a la ternura contenida que sientes aflorar entre ellos, en su inmovilidad y sus silencios.

Pensaba en todo eso el otro día mientras jugaba al Canis Canem, popularmente conocido como Bully.

En las afueras del recinto estudiantil soplaba un viento helado, y allí había una pareja formada por dos hombres.

Permanecían juntos, quietos y callados, en un intento por darse calor.

Y en un momento determinado, la gama de grises del paisaje se combinó con extraordinaria belleza.

Los vi entonces cambiar lo que pareció ser una sonrisa rápida, fugaz, similar a un beso o una caricia.

Parecían, en efecto, felices.

Dos tipos con suerte, me dije.

Aunque sea dentro de lo que cabe.

Porque viéndolos allí, en aquella ciudad virtual, cosmopolita y tolerante, imaginé cuántas horas amargas estarían siendo vengadas en ese preciso momento y gracias a un simple videojuego.

Largas adolescencias dando vueltas por los parques mientras otros jóvenes se enamoraban, escribían poemas o bailaban pegados en las fiestas de instituto.

Noches enteras soñando con un príncipe azul de la misma edad para volver a casa de madrugada, llenos de asco y de soledad.

La imposibilidad de decirle a un hombre que tiene unos ojos bonitos o una hermosa voz, por temor a una reacción violenta y desmesurada.

A veces pienso en lo afortunado, en lo sólido, o lo entero, que debe ser un homosexual que consigue llegar a la vejez sin odiar desaforadamente a esta sociedad hipócrita, obsesionada por averiguar, juzgar y condenar con quién se mete, o no, en la cama.

Envidio la ecuanimidad, la sangre fría, de quien puede mantenerse sereno y seguir viviendo como si tal cosa, sin rencores, en vez de arremeter contra la gente que por activa o pasiva ha destrozado su vida, y sigue destrozando la de tantos chicos idénticos a los que desfilan por el juego, y que todavía hoy siguen experimentando el mismo rechazo, las mismas angustias, los mismos chistes de maricones, …

En definitiva, la misma soledad y amargura.

Envidio, por tanto, la lucidez y la calma de quienes, a pesar de todo, se mantienen fieles a sí mismos, sin estridencias pero también sin complejos.

Seres humanos por encima de todo.

Gente que en tiempos como éstos, cuando todo el mundo reivindica sus correspondientes deudas históricas, podría argumentar, con más derecho que muchos, la deuda impagada de tantos años de adolescencia perdidos, tantos golpes y vejaciones sufridas sin haber cometido jamás delito alguno; tanta rechifla y tanta afrenta grosera infligida por gentuza que, no ya en lo intelectual, sino en lo más elemental y humano, se encuentra a un nivel muy abyecto, y muy por debajo del suyo.

Pensaba en todo eso, como les decía, mientras jugaba al Canis Canem, y la pareja de turno permanecía inmóvil, hombro con hombro.

Y antes de volver a lo mío y olvidarlos para siempre, me pregunté, una vez más, cuántos fantasmas atormentados y cuántas infelices almas errantes no habrían dado cualquier cosa por formar parte de ese mismo videojuego, y permanecer allí, dándose calor en aquella fría tarde de sus vidas.

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