UNA LECTURA INTERRUMPIDA

Una lectura interrumpida SNK Pixel Art Xtreme Retro

Ya les he contado en alguna ocasión, creo, mi afición por sentarme en la terraza de un bar a ver pasar la vida.

Las terrazas de los bares son un ojeadero clave, atalaya imprescindible a la hora de mirar despacio, intentando desentrañar los porqués de las cosas y de las gentes.

Cada cual se lo monta como puede, y algunos de nosotros necesitamos esas treguas de la vida.

Así que procuro utilizarlas.

Algunas de mis terrazas son apostaderos fijos, lugares conocidos adonde me encamino sin meditarlo siquiera; y otras veces sitios nuevos, de los que me apresuro a tomar gozosa posesión.

Entonces abro una revista, o un libro, pido una Coca Cola, y leo un rato levantando la cabeza entre páginas.

Alguien que pasa, unos zapatos, acaso una sonrisa, pueden cobrar de pronto significados apasionantes y reclamar su propia historia, real o imaginada, estableciéndose misteriosos lazos entre lo que lees y lo que ocurre ante tus ojos.

En ésas estaba el otro día, releyendo la última entrega de Retro Gamer, y reflexionando sobre el modo tan curioso en que cambia un juego cuando lo disfrutas de nuevo, diez o quince años después – aunque tal vez quien cambia no sea el juego, sino uno mismo -.

Pasaba las páginas, les decía, cuando enfrente se detuvo una pareja.

Eran muy jóvenes, con aspecto de estudiantes.

A él le calculé dieciocho o diecinueve años.

Ella era sólo un poco menor.

Parecían discutir por algo, y cuanto más sonreía él, más se enfadaba ella

De pronto él hizo un gesto tratando de besarla, pero ella apartó la cara, alejándose con brusquedad.

La cagaste, compañero, pensé para mis adentros.

Pero me equivocaba.

Escuché cómo el chico la llamaba Clarisa, Marisa, o algo parecido.

Entonces ella se detuvo a los pocos pasos, se volvió, e ignoro qué le vería en la cara, pero caminó de nuevo hasta él, se abrazaron, y empezaron a besarse con tanta pasión como si fueran a comerse los higadillos.

Él retrocedió hasta apoyar su espalda contra la pared mientras ella lo empujaba sin dejar de besarlo, y se dieron doscientos besos en minuto y medio, o quizá sólo un beso desaforado y magnífico, vaya usted a saber.

Dejé a mi querida Retro Gamer sobre la mesa y me los quedé mirando francamente, sin reparo alguno, fascinado por la maravillosa escena.

Pero una señora que estaba sentada junto a su marido en la mesa contigua, interpretando mal mi mirada, se volvió hacia mi  y comentó “qué poca vergüenza“, creyéndome tan escandalizado como ella ante los mordiscos que se atizaban los jovencitos.

Y entonces solté una sonora carcajada que la dejó, me parece, un poco perpleja; y me estuve riendo así, en voz alta, un poco más todavía, sin poder controlar aquella alegría insolente y vital que me sacudía el cuerpo, mirando a los jóvenes que seguían a lo suyo.

Me habría levantado, en ese preciso momento, para darles un beso a cada uno, de no tener la certeza de que iban a entenderme mal.

Así que me quedé sentado, claro, viendo cómo por fin se iban agarrados el uno al otro por la cintura, besándose todavía de vez en cuando, y yo les dediqué un largo sorbo de Coca Cola.

A vuestra salud, Isa, Clarisa, o como te llames, pensé.

Porque un día dejaréis de besaros, o besaréis a otros, o ya no os besará nadie, y seréis imbéciles de corazón seco como aquí, mi vecina la beata Gregoria.

O tal vez os rompáis la crisma en una carretera, o se os lleve un cáncer a los cuarenta, o a lo mejor no.

Y la vida, que es muy hija de puta, os traerá de aquí para allá, os dará unas cosas y os quitará otras, y vete tú a saber.

Pero lo que nadie podrá arrebataros es que esta tarde gris la habéis pintado de calor, de ternura, y de ganas de comeros el uno al otro.

Y ese momento, vive Dios, ha sucedido, y ya no os lo podrá quitar nadie, nunca.

Y cada día, cada hora en que aún podáis besaros así, antes de que llegue cualquiera de los miles de finales que os aguardan, es una victoria arrebatada al azar absurdo de la muerte y de la vida.

Así que anda y que te jodan, relojero cósmico, que tanta prisa tienes por marcar en el calendario nuestra fecha de caducidad.

Aún sonreía cuando abrí de nuevo la Retro Gamer, y seguí leyendo.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados.
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