UNA LOBA INCAPAZ DE CONTENER LAS LÁGRIMAS

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Hace escasos días, en un acalorado debate salió a relucir el nombre de Crying Wolf; que como todos ustedes sabrán, se trata de un personaje oriundo de Metal Gear Solid 4 que consiguió apuntarse, en su más tierna infancia, decenas de muertos.

Pequeños rapaces, en su mayoría.

El caso es que, uno de los contertulios, se refirió al asunto como “violencia a la americana“.

Imagino que el autor de dicho comentario decidió enfocar por ahí la escabechina, asociando aquella catástrofe con toda la violencia omnipresente e indiscriminada que nos pudre el alma un poco más cada día mediante noticias, películas y similares, importadas de Norteamérica.

Una murga no por manida menos cierta, pero que se ve fomentada, precisamente, por la facilidad con que solemos apuntarnos a los lugares comunes y los clichés fáciles, a causa de nuestra estúpida incapacidad de aplicar referencias propias.

De lo que es buena prueba el comentario anterior.

Sin embargo, en la aldea de nuestra trágica protagonista, situada en algún lugar de África, la influencia norteamericana – no americana, pardiez, por fortuna América abarca mucho más que los EEUU – no se manifiesta en que una chiquilla desquiciada se líe la manta a la cabeza y acribille a los querubines de todo un poblado; sino en aquellos titulares simplistas que relatan los pormenores, buscando relaciones televisivas y sociales de origen ultramarino, que es como buscarle tres pies al gato o, dicho en castizo, marear la perdiz.

Porque si alguien no ha necesitado nunca semejante influencia para ser oscura y violenta es, precisamente, la sociedad rural.

Comparados con sus rudos habitantes, capaces, cuando se les funden los plomos, de cargar contra los vecinos por una cuestión de límites de tierra, de ganado o de viejos agravios, todos esos niñatos yankis, todos esos duritos de andar por casa que en cuanto la policía les vuela un huevo llaman a su mami, son aficionados de chichinabo, meapilas con matasuegras, incapaces de asimilar, ni mucho mejos ejecutar, el desparrame que monta nuestra francotiradora.

En el medio rural, donde todo el mundo se conoce y además tiene excelente memoria, la gente no precisa de influencias externas para ajustar cuentas a la manera tradicional.

He escrito en alguna ocasión que el exceso de memoria, aliñado con la falta de cultura, el rencor y la ignorancia, es una combinación peligrosa.

Por eso hay rincones olvidados y ángulos donde la violencia sigue siendo como siempre fue: consustancial y autóctona, en esta tierra que a pesar del cambio de los tiempos sigue gobernada, en aplastante mayoría, por la sombra de Caín.

Una tierra peligrosa y bronca que, en cuanto saltan los mecanismos de seguridad, de nuevo salpica de sangre cuanto se pone por delante.

Nos guste o no, esa tierra sigue viva, y es la que ha pretendido retratar, con más luces que sombras, el insigne Hideo Kojima en su obra.

La tenemos en los genes, y se resume a la perfección en aquella brutal estampa africana, con esa niña de expresión ceñuda que se ha despachado a gusto y asume resignada un destino escrito en esa tierra maldita que la vio nacer, mirando al suelo con obstinación e incapaz de contener el llanto, como diciéndose: había que hacerlo, y ya está hecho.

Así que hagan el favor de no confundir una banda de cretinos descerebrados que se pasean por el metro apaleando inocentes, o apuñalándose el sábado por la noche entre cerveza y música de bakalao, con una homicida rural.

Un asesino norteamericano, o los imbéciles que lo imitan, llevan en los ojos el reflejo vacío, carente de sentido, de una sociedad drogada y enferma.

Pero nuestra hermosa francotiradora, a diferencia de estos últimos, cargaba en su alma la simiente de una guerra civil, de la que jamás pudo librarse hasta el fin de sus días.

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