VAMOS DE CULO

Johnny Sasaki cagón de mierda PSOne PSX PlayStation Metal Gear Solid MGS MGS4 Hideo Kpjima Xtreme Retro

Dirán ustedes que lo de hoy es una chorrada, y que vaya tonterías elige el cabrón de José Andrés para su artículo.

Para llenar la página.

Pero no estoy seguro de que la cosa sea intrascendente.

Como decía Ovidio, o uno de esos antiguos – lo leí anoche en un Astérix -, una pequeña mordedura de víbora puede liquidar a un toro.

Es como cuando, por ejemplo, ves a un fulano por la calle con una gorra de béisbol puesta del revés.

Cada uno puede ir como le salga, naturalmente.

Para eso hemos matado, o nos hemos dejado matar, a lo largo de los siglos.

Luchando por las gorras de béisbol, o lo que se tercie.

Pero esa certeza moral no impide que te preguntes, con íntima curiosidad, por qué el fulano lleva la gorra del revés, con la visera para atrás y la cinta ajustada sobre la frente.

Todo eso conduce a más preguntas: si viene directamente de quitarse la careta de catcher, si le da el sol en el cogote o, como diría mi difunto abuelo, si es un poquito gilipollas.

Concediéndole, sin embargo, el beneficio de la duda; de ahí pasas a preguntarte si, en vista de que al pavo le molesta o no le conviene llevar la visera de la gorra hacia delante, por qué usa gorra con visera.

Por qué no recurre a un casquete moruno, un fez turco o una boina con rabito.

Luego terminas pensando que resulta chocante que los fabricantes de gorras no se hayan decidido a diseñar una gorra sin visera, para fulanos como el que acabamos de ver; y de eso deduces, malpensado como eres, que la mafia internacional de los fabricantes de gorras de béisbol pone visera a todos los modelos para cobrar más caro y explotar al cliente, y luego lo disimulan regalándole gorras a Leonardo DiCaprio para que se las ponga del revés cuando saca en moto a su novia en las revistas del corazón.

Eso te lleva inevitablemente a pensar en la crisis de Occidente y el aborregamiento de las masas, hasta que acabas echando espumarajos por la boca y decides apuntarte en Al Quaida y masacrar infieles, mientras concluyes que el mundo es una mierda pinchada en un palo, que odias a la HumanidadElsa Pataki aparte – y que la culpa de todo la tiene el PP o el PSOE.

Llegados a este punto, ustedes se preguntarán qué habrá fumado José Andrés esta noche, concluyendo que, sea lo que sea, le sientan fatal ciertas mezclas.

Pero yerran.

Estoy sobrio, y la digestión de gorras incluída viene al hilo del asunto: lo de que no hay enemigo pequeño, y que si parva licet componere magna, que dijo otro romano finolis de aquellos.

Pequeños detalles sin importancia aparente pueden llevar a cuestiones de más chicha, y parvos indicios pueden poner de manifiesto realidades más vastas y complejas.

Prueben a jugar si no – a eso iba con lo de las “jodías” gorras – al legendario Metal Gear Solid, o incluso su cuerta entrega.

Una serie de títulos que no sólo definen al fabricante, sino al consumidor.

Es decir, a usted mismo. o sea, yo.

Tras una sonora traca, que se repite a lo largo de la saga, un soldado indispuesto le solicita al enemigo que se retire, pues aún tiene cuerda para rato.

Tal es su repertorio, que todo el equipo conoce sus dificultades para ir al baño, del mismo modo que las conocen todos los aficionados desde los tiempos de PSOne.

Juro por mi querida Master System que la tesitura es real, y quien haya exprimido un poco la longeva serie, la recordará como yo.

Pero lo estremecedor del asunto es la naturalidad con que se plantea la situación; el argumento de normalidad a la hora de controlar si tu compañero de equipo, o el soldado encargado de vigilar a tal o cual prisionero, va apretado o flojo de esfínter.

Interpretarlo como nota de humor deliberado – lo que tampoco es evidente – no cambia las cosas.

Con humor o en serio, el compadreo intestinal es de pésimo gusto.

Delata, una vez más, las maneras bajunas de una sociedad tan chabacana y directa como nuestra vida misma – “yo es que soy muy espontáneo y directo“, te dicen algunos -; convertida, cada vez más, en caricatura de sí misma.

Y ahora pónganse la mano en el corazón, mírense a los ojos y consideren si, al reproducir una serie de dialectos con semejante finura conceptual, se espera que la gente compre entusiasmada el producto, con la cabeza bien alta.

En cualquier caso, díganme si una sociedad capaz de dar por supuesto, como lo más corriente, que todo el personal de un equipo – de élite, por añadidura -, desde el primero hasta el último, conoce, airea y comparte las dificultades intestinales de sus camaradas, no merece un intenso tratamiento con napalm.

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X.R. se nutre de juegos sobradamente conocidos, pero también de algunos considerados malditos por las habituales asociaciones de bienpensantes, y otros tantos injustamente olvidados. Rebuscamos en el fondo de nuestros archivos para traer aquellos títulos que todo el mundo debería probar, junto a las historias que se cuentan entre susurros en la industria del ocio electrónico. Pasad, pasad... bajo vuestra propia responsabilidad.